sábado, 2 de junio de 2012

Woolf/Al faro... Las olas

En los tiempos ya pasados en que, como guiados por una fiebre destructora y revolucionaria, se cometieron tantas y tantas barbitúricas tropelías con las palabras en formato novela o libro en general, tonto el último, a ver, espera, que yo le arreo la trompada definitiva a la ortodoxia o al estándar literario que se decían los unos a los otros pluma en mano, el estado de cosas, con tintes de efervescencia incontrolada, debía dar bastante miedo a los ¿teóricos? del asunto… tanto que, los pobres, no las veían venir, ni las trompadas ni las ideas ni las burbujas…

A los que sí les venían las ideas era a otros, entre los que hay que ver aquello que dijo sobre Proust el fenómeno Ortega, a bote pronto y sin las estrecheces propias de los teóricos sesudos, recién acabada su lectura de la exageración quietista de En busca del tiempo perdido, como quien dice hablando de sus sensaciones, y va y nos suelta José lo de que el tema del Marcel era el recuerdo de las cosas, que no las cosas que se recuerdan… silencio, se rueda. Así de clarita, efectista y epidural la soltó José para aplacar los despendolados ánimos teorizantes y dogmatizadores de los estudiosos de la literatura que estaban dale que te pego a la cuestión de adónde nos llevan el Marcel y otros jamaos de las palabras, dale que te pego al qué es esto, al cómo, y al preparen las hogueras y demás farándula contrarreformista que nos tenemos que cargar a estos personajes y sus barbitúricas tropelías noveleras.

Pena no dedicarle otra telemetría epidural a la Mrs Woolf, que seguro habría sido para enmarcar… Virginia se sacó unas cosas por escrito que parecen como de chiste futurible, como la culminación de una gran tomadura de pelo, el final de una gran broma que luego te das cuenta de que es verdad… en serio, y no te lo puedes ni creer, que juras y perjuras que tiene que ser de nuevo otro chiste, que si no es como un milagro y eso sí que no es posible, pero viene y te lleva por delante de lo real que es y estás apañado… porque sí, lo que quieras, pero a ver quién no se la envaina cuando eso que era una gran broma futurista, venga cachondeo todos confiados por la imposibilidad de su concreción, se convierte en realidad cuando esta tipa se mete en su cuarto y se le da por barruntar sobre el tiempo, no en plan climatológico, aclaremos, que eso lo hace cualquiera, sino más a su arriesgada manera.

Aunque también hay que aclarar que sus maneras literarias pueden ser variadas. Que tiene una que, siendo muy buena y presentable en sociedad, nos la podemos imaginar y entender sin tener que recurrir a milagros y fenómenos indescifrables, llamémosla a ésta: manera convencional, que hasta tiene un punto de ridiculez afectada que podríamos detestar… y luego está esa otra manera inexplicable e inasumible y fuera de serie mediante la que lo imposible se nos echa encima de forma anfetamínica y palmaria y real, y nos deja sin respuestas ni argumentos ni nada salvo un estupor anestésico que nos absorbe… siempre, claro está, barrenando sobre el tiempo, que lo de Virginia más que fijación era obsesión…

Pasemos, entonces, a la toma de decisiones: los personajes a los que no les vale nada salvo las dosis extremas y radicales deben saltarse, o dejar para otro día más apropiado, Orlando, Entre actos, Flush, La señora Dalloway… que estando bien, que lo están, que algunas, no todas aviso, ya les gustaría haberlas firmado a varios de los intocables del escalafón, decíamos que estas novelas no son lo que son otras dos, porque hay dos que es que son de otro mundo… en el que si queremos nos podremos encerrar en el laboratorio con la insuperable e inexplicable Al faro… o la virguería en despilfarro bemol Las olas… con estas salidas de tono la rapaza suicida como que se debió sentir realizada, suponemos, que vaya cosas que se le dio por escribir y lo redondas y radicales y tridimensionales que le salieron…
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