domingo, 17 de junio de 2012

Corriendo tras William Gaddis

Asunto agotador. Poneros a imaginar, si sois capaces, que para mí es ciencia ficción, qué inhumanas sensaciones se pueden sentir y padecer intentando lo imposible, lo quimérico… pongamos un ejemplo: un maratón y a seguirle el ritmo a un etíope alado, ligero, elegante en su trote voraz. Y rápido, muy rápido el individuo. Pero tan rápido que, según me explican mis compañeiros, entrenando dos años y en buenas condiciones, no se aguanta el ritmo del etíope ligero y elegante ni durante los 400 metros finales del maratón de más de 42 kilómetros que se trae entre pecho y espalda el milagro éste en forma de atleta. De esto que él viene pateándose el carrerón métrico desde el comienzo o principio o salida, y nosotros saltamos a la pista en esos 400 metros finales, esprintando como quien dice para salvar la vida de un marejadón infernal que se desata a nuestra espalda, dándolo todito para que nos entendamos, y va el etíope que, aparte de ligero y elegante, es increíble lo que hace, y nos adelanta a lo mejor a los 100 metros de iniciado nuestro sprint… esto es lo que me explican a mí, y os digo que es una cosa que me deja estupefacto y me voy a youtube y busco a estrellas de esta ralea y me prosterno, que es lo que debemos hacer en casos como éste…

Hay escritores que debieron intentar lo del atletismo y la cosa no se les dio bien. Que se jodan, carajo. Y se quedaron con el gran complejo del ritmo infernal de estos corredores ligeros e inalcanzables y milagrosos… Entonces bosquejan su venganza de acomplejados… y se les da por esas otras carreras, no imposibles como las del etíope, pero sí difíciles de seguir, ahora por escrito. Y se equivocan, que a Gebresalassie, lo confirman los cronómetros y el buen gusto, además de ligero y elegante y sobrehumano y siempre sonriente, no hay dios que le siga el ritmo, que es imposible… así, a las bravas, que es como un marciano… sin embargo, inclusive al más acomplejado de estos escritores sí que se le puede seguir el ritmo, aunque sea denso y atragantado, que hay pastillas para eso. Y se puede hacer hasta cómodamente sentado en una butaca no más que con mucha paciencia y ganas de ponerse a ello y un poco de caradura… que no es lo mismo lo uno que lo otro, que no tiene nada que ver… que ya les gustaría correr así de bien y bonito y rapidísimo a estos escritores…

Cosas distintas, pues, la una imposible y la otra no… pero cosas que, siendo distintas, hasta ahí podíamos llegar, se asemejan en el subidón final tras el mareante esfuerzo de leerse el tochazo incomprensible… no digamos lo que debe ser correr el carrerón métrico – infernal a ritmo de acabar la carrera vivo y en pie, en vez de tumbado en la ambulancia, que ahí no te enteras de nada… Ése, el del carrerón, sí que debe ser un subidón de verdad… algo como cogerse la bici, esprintar toda la subida del Mortirolo o del Pan do Zarco y arriba, nada más llegar, aguantar la respiración tres minutos como hacía, dicen, Miguelón y luego decirle unas palabras de enamorado a vuestra chica mientras os da la sensación de que os estáis comiendo una buen bocadillo de calamares y tomándoos una clara de cerveza bien fresca… eso es escribir bien, y lo demás son coñas…

Pero volvamos al potro de tortura, que soy un acomplejado al que no se le da bien el atletismo, ya me gustaría, y entonces me desquito haciendo tonterías como leer libros a ritmo métrico de escritores que tampoco pudieron destacar en la pista de tartán o campo a través y se desquitan imprimiéndole un despendole incontrolable a sus páginas… Esto a veces no lo soporto, y otras sí que me gusta…

Ya os he comentado que esta estupidez de la que hablo es como si un ladrillo nos supiese, de tanto masticarlo y masticarlo y tras el consiguiente agotamiento protésico que luego induce segregaciones químicas que acaban en nuestro pobre cerebro de chorlito y que nos trastornan y dopan y alteran el entendimiento de manera sorprendente con lo que resulta ahora que el dolor ya no nos duele sino que nos gusta y entonces el ladrillo es como un sorbete de vainilla… cosa que supone que, a fin de cuentas, el libro, que era un verdadero coñazo, nos acabara gustando… aunque no siempre.

Darle entrada ahora a William Gaddis es como una putada que le hacemos al tipo porque en el fondo su ritmo, que tiene fama de ser muy como de corredor etíope, no es para tanto… Resulta que nos asustan mucho con un discurso catastrofista nuclear y luego nos topamos con que Mr. Gaddis no es Gebresalassie, aunque el libro que le sale es cosa seria y tremenda y acongojante de verdad... Gótico carpintero, salvo por el título, que creo que bate el record de lo que a mí me deja chafado y sin ganas ni de abrir el novelón, está quetecagas de bien y cuesta abajo... Os explico antes de que se dé la salida: El gachó escribe como con ganas de despistarnos y dejarnos atrás. Y te pones a esprintar detrás de él. Pero la carrera se alarga. Y sigues esprintando, ahora medio asfixiado que ya llevas un rato más largo del acostumbrado trotando por encima de tus posibilidades. Y consigues que no te dé esquinazo… Y entonces la cosa gusta más y más, que estamos corre que te corre pero sin perderlo de vista, lo que nos da más moral y hasta nos crecemos y nos quedamos encantados con nosotros mismos, pulsaciones, segundo aliento, pronador, Mizuno o Asics y demás parafernalia de cuarentón estresado o víctima del fitness. Y entonces se acaba la carrera… y también la novela. Ojo con este William Gaddis que la cosa da así como respeto, que este tipo sabía lo que se hacía… tremendo el pájaro, hay que ver cómo escribe.

La traca final que se merece una entrada de trescientas mil páginas, mañana me pongo, es el fantasmagórico espectro de realidad que rodea a Gótico carpintero. Entre el creacionismo, asunto onanista sin igual, más las tropelías de los ¿civilizadísimos? occidentales en pos del oro y demás minerales decantados a toneladas en África, qué escabechina garimpeira, más las elecciones a senador, por ejemplo, en cualquier estado del primer mundo, más los mass media y toda su bazofia de ¿información?, más otras cosas así como de pareja en crisis pero tan bien contadas que te dejan alucinado porque resultan más reales que las propias, más otras cosas que... a ver, que resulta que William es una pasada como corre de ligero y elegante y yo me pienso leer más ladrillos de él cuando acabe con el profesional que me está recomponiendo la dentadura tras esta primera carrera.
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