jueves, 3 de febrero de 2011

El experimento de Z




Z, muy en sus cabales. El resto, al contrario, no tenía duda alguna, hacía tiempo que había abandonado las praderas de la normalidad. Entre sus vecinos, sólo Uno le prestaba algo de atención. Uno conocía a Z y al resto, con estos no se llevaba ni bien ni mal, hola y adiós, y tenía muy claro, aunque sin entenderlo del todo, que lo que le pasaba a aquél era que estaba obsesionado con las imágenes incomprensibles. Algo así le había escuchado un día en que, sin percatarse de su presencia, Z monologaba a sus anchas. Cosa rara este personaje… Luego, cayendo en la cuenta de que alguien pululaba a su espalda, sin inmutarse, Z siguió un rato con la perorata, indiferente y a lo suyo.

Una mañana Z se levantó con una idea, que parecía un sueño y que le llevó a tomar una decisión. Iba a hacer un experimento. Que podría ser revolucionario. Cartón, mucho cartón, un cirujano, una torre con una ventana y pocas cosas más le hacían falta. También iba a necesitar dos espejos muy grandes. Se puso manos a la obra. En la huerta de su casa construyó una caja con el cartón, un cubo perfecto. ¡Pero de qué dimensiones! El artilugio parecía el contenedor de una naviera. En él entraba de pie. También acostado, de sobra. Dentro era como una habitación vacía. En el centro colocó un sillón articulado, de dentista o peluquería. Lo había encontrando días atrás, al lado de los depósitos de la basura. O lo habría robado, sabe dios. El cojín era de terciopelo verde y estaba muy sucio, asqueroso. Me puede valer, pensó Z, aunque no sabía para qué. Fue un presentimiento. Este es idiota, se decían por aquel entonces los del resto. Aún no habían ideado mayores patologías que endilgar a su vecino. Uno seguía tratándolo con cierta curiosidad. Y de ventanas nada, sólo la trampilla para entrar él y meter lo necesario en el cubo.

Pasaron los días. La butaca ya estaba en el centro, mirando a la pared que vamos a llamar 1. Enfrente a la pared 1 estaba la pared 3, y, entre ambas, la butaca. Si nos sentamos en la butaca, de manera convencional, pues esto es importante, tendremos frente a nosotros la pared 1 y a nuestra espalda la 3. Está claro. En la misma posición tendremos a nuestra derecha la pared 2 y a la izquierda la pared 4. Bien. El techo es 5 y el suelo 0. Esta numeración, esta distribución del cubo, Z ya la tenía en su cabeza antes del sueño. Era anterior a la idea que le llevó a tomar la decisión de ejecutar, sin mayores dilaciones, su experimento.

No le salía de sus narices, no pensaba contarle de qué se trataba a Uno, quien, a su vez, seguía intrigado y dedicándole parte de su tiempo. Y era muy sencillo, cómo no se daba cuenta. Lo que le pasaba era que estaba todo el día pensando en imágenes incomprensibles. Nada de conceptos o mayores complejidades. Desde que se levantaba hasta que se acostaba. Y de obsesión, nada. Se sentía un poco como Richard Dreyfuss en “Encuentros en la tercera fase”. En vez de increíbles montañas piramidales, él tenía esas otras cosas.

Con la caja rematada, preciosa, pintada exteriormente de azul claro y en su interior de azul oscuro, encargó los espejos. De dos por uno. Cuando los tuvo en casa, esperó seis días para colocarlos en su sitio definitivo. Seis es el número de los lados o caras de un cubo. Cuando lo hizo le gustó cómo quedaron, a rabiar. El espejo de dos por uno se situó en la pared 1, de tal manera que, sentado en la butaca de manera ortodoxa o convencional, Z podía verse íntegramente en el espejo. El espejo de dos por uno se situó en la pared 3 de tal manera que, sentado en la butaca de manera ortodoxa o convencional, Z podía verse íntegramente también en este espejo. Como se podía ver, también, en la infinitud de espejos que aparecieron inmediatamente. Estaba satisfecho, le gustaba lo que había conseguido dentro de su caja azul. Para mejorar este efecto visual de eterno retorno, de ida y vuelta, y evitar que su propia imagen pudiese estorbar el fenómeno, decidió inclinar un poco el respaldo del trono, hacía atrás. Ahora ganaba en horizontalidad lo que perdía en verticalidad. Perfecto. A cambio de una postura de cuello algo más incómoda, obtenía una mejor visión del efecto. Del reflejo infinito entre dos espejos enfrentados, y de cómo se van empequeñeciendo los unos dentro de los otros. Un plano dentro de otro. Ya no era Richard Dreyfuss, era un astronauta esperando el despegue en el puesto de mando de su nave. Comprobó, eso sí, que la inclinación del respaldo no perjudicase la visión de su pecho. No había problema. Tal y como él pretendía, lo veía con total claridad reflejado en el espejo, factor este que sería tan importante en posteriores etapas del experimento.

A estas alturas Z pasaba horas enteras contemplando su caja/habitación desde la casa. Tanto la cocina como la sala de estar tenían unas pequeñas ventanas que daban a la huerta. Ésta le gustaba más que nunca, con su monolito instalado en el centro, qué azul tan bonito había elegido. Si pensaba en los espejos y el trono que había en el interior, se bloqueaba, no acababa de creer lo que estaba haciendo. Se miraba en el espejo del baño, no se reconocía. Nunca pensó que fuera capaz de maquinar semejantes artefactos, y, mucho menos, hacerlos con sus propias manos.

A los pocos días de haber acabado con lo que hasta ahora conocemos, Z recibió unas vigas de acero de cuatro metros de largo. También los listones que le hacían falta para construir una elemental torre, simple esqueleto metálico. Con ellos, soldándolos a las vigas a modo de traviesas, levantó su torre, anclada a tres metros exactos de la entrada de la caja/habitación. En la parte alta atornilló un bastidor en el que instaló el elemento fundamental de la torre: una ventana. Mejor dicho: un marco de ventana, diáfano, sin cristal, hueco, con una contra muy liviana que iba unida al mismo por uno de sus lados, con dos bisagras. De esta manera, una ligera brisa llegaba para que la contra batiese de un lado a otro sin parar, como una bandera o una vela ondeando al viento.

Con la caja/habitación y la torre/esqueleto en su sitio, Z se tomó un tiempo. Semanas atrás, lo del cirujano le había parecido lo más difícil. Finalmente, no lo fue tanto. Transcurridos unos días ya había contactado con uno muy especial, el doctor Farabeuf. Creo que con eso está todo dicho. De fama mundial, Louis H. Farabeuf trabajaba al filo de lo incomprensible, del milagro, del anatema. Se dio cuenta de que su elección había sido la correcta cuando le expuso de qué se trataba. El doctor quedó hipnotizado por el desafío. Le dio las gracias por la confianza depositada. De cobrarle, ni hablar. Z tenía el corazón muy grande, casi atrofiado, renqueante. Quería que le realizara una operación a corazón abierto, aunque no en un quirófano. Z quería que lo operase sentado de manera ortodoxa o convencional en su trono, dentro de su caja/habitación, entre sus dos espejos de dos por uno. Y quería que, una vez finalizada la operación, el cirujano no le volviese a juntar la armadura ósea de la cavidad torácica. Z pretendía quedarse así, sentado en el trono, abierto el pecho, viendo su corazón latir. Como un propulsor dentro de su cuerpo abierto en canal. Y así, esperar a que la contra batiente de la torre dejara de ondear al viento. Sabía que su corazón latiría acompasado al ir y venir de su ventana. Para eso la había instalado en lo alto de la torre. Y sabía que su corazón dejaría de latir coincidiendo con el momento en que la contra dejara de moverse. Sabía, pues, que debería morir cuando el viento amainara. Y no se lo creía del todo. Sabía que su corazón se pararía, sin duda. Pero no tenía nada claro qué era eso del morir, del final absoluto. No se creía que un corazón inerte supusiese, inevitablemente, la muerte. Z quería ver ese preciso instante con sus ojos, el preciso instante de su supuesta muerte, el instante en que su corazón iba a dejar de latir, abandonado por el extinto repicar de su campanario. No quería que nadie se lo contara, no se fiaba. Quería clavar su mirada en el bermellón músculo inerte y en sus propios ojos asombrados, reflejados ambos infinitamente en su juego de espejos. Sabía que si él no lo presenciaba, el proceso entero, hasta el instante posterior a esa supuesta muerte, no moriría realmente, que más vale una imagen que mil palabras. Que eso de morir es un cuento asustaviejas y que con él no van esas chorradas. Había oído y leído cosas, tenía el más absoluto convencimiento, sabía que de la nada se había creado el universo, sabía que un electrón y su gemelo, a millones de años luz de distancia, se comunican con normalidad, que si se excita uno lo percibe el otro. Él sabía esto y más. Pero no era cuestión de que lo supiese, eso daba igual, otra gente también estaba enterada y se moría de miedo ante la guadaña. Se cagaban, les crujían los dientes. A Z no, está ya dicho, él no se creía el cuento asustaviejas. Estaba convencido. Mientras que uno no fuese testigo de su propia muerte, la cosa no funcionaba, era imposible tener total certeza. De muerte, muerte, de fin absoluto, nada. Era un cuento, estaba más que claro. El morir era cosa muy distinta de hogazas corporales que se entumecen o pudren… ¿Y qué? pensaba Z, no somos sólo cuerpo. Él había leído mucho.

Llegó el día. Administrada virtuosamente la anestesia por el doctor, a las tres horas, la operación, que consistió en un limado interior de las paredes del ventrículo izquierdo de su corazón, había finalizado. A los dos días Farabeuf le indicó que más cuidados no se hacían necesarios y que su trabajo había finalizado. Z le dio las gracias y vio la sonrisa del cirujano mil veces reflejada en su artilugio, fruto del habitual orgullo ante el trabajo bien realizado. Sea éste el que sea, hasta el más extravagante o criminal. A partir de ese momento la excitación de Z fue en aumento. Todo estaba saliendo a la perfección. Su experimento era una infamia y su vida un renglón que se agotaba, simple garabato ilegible. A él nadie lo iba a engañar, estaba ahí para verlo todo. Para certificar su muerte o desenmascarar el engaño.

El viento aulló horas seguidas. El corazón de Zeta no daba tregua, galope continuo. Qué lujuria. En esas condiciones la vida podría parecer inagotable. En el fondo eso era lo que desconcertaba a Zeta. El creía, aunque no estuviese totalmente convencido, si no a qué el experimento, en cierta tendencia a la inagotabilidad. También creía que la muerte, que sí existía, no era lo que habitualmente se describe como tal, sino otra cosa, menos común o habitual. Para que hubiera muerte, de verdad, había que cogerla infraganti. Uno mismo, el muriente. Y eso es lo que él iba a hacer, ahí es nada. Sus vecinos lo señalaban. Todos los demás se morían de miedo ante la muerte, ante su llamada. Pero nadie era verdadero testigo de su propia muerte, nadie podía dar fe de ella. Se hablaba de oídas. Por qué esa creencia ciega en la inexorabilidad de la muerte. Con respecto a la de los demás, por muy evidente que pareciera, uno podía estar equivocado, quién se atreve a decir nada. La extracorporeidad no es ninguna novedad. Desde siempre han existido dudas, sutilezas y matices ante determinados tránsitos. La experiencia en uno mismo es lo que cuenta. Sí, se puede creer en el agotamiento corporal, en la putrefacción de los tejidos, hasta en las cenizas que vendrán, pero sólo en eso. Lo demás, para Zeta, era un puro convencionalismo. Él iba a desvelar, viéndolo con sus propios ojos, el engaño masivo. Iba a confinarlo, iba a poner las cosas en su sitio.

Pasaban las horas. Se anunciaba el cambio, la absoluta calma. Notaba perfectamente cómo decaía la intensidad de los latidos de su corazón. Lo veía ante sus ojos. Y escuchaba claramente cómo su aliado era cada vez menos vigoroso. También escuchaba la creciente debilidad del batir alado de su campana. Se veía reflejado hasta el infinito, sentado en su trono, levemente inclinado hacia atrás, apoyado en el respaldo, a los mandos de su nave, de su cubo/habitación. Farabeuf había instalado un dispositivo que mantenía sus párpados totalmente abiertos, unas pequeñas pinzas que hacían imposible un guiño. O el más leve cierre de cualquiera de los ojos. Había equipado este dispositivo con dos cánulas que humedecían, periódicamente, ambos ojos. Como en la película de K. Bajo ningún concepto estaba dispuesto Z a que un movimiento traicionero de sus párpados le privase de la visión del instante infinito que a todos se escapaba. El instante del miedo iracundo, del grito, del cerrar los ojos, del mearse, de la dislocación, del se acabó. Historias. A él no le iba a pasar eso. Estaba ya en veintitrés pulsaciones por minuto. Fija la mirada en la abertura de su pecho, en los ganchos que mantenían separadas sus costillas, en el fino corte a lo largo del esternón, en el sanguinolento latir del músculo operado, en la sangre que empapaba su pijama y las mantas, en el cojín de terciopelo, en la pantalla del aparato medidor que había dejado su cirujano conectado a él, en cómo iban descendiendo las pulsaciones, veintiuna, dieciocho, en estoy a punto de enfrentar la desconocida realidad, verle los ojos al instante fatal, fija la mirada en que estaba totalmente oscuro fuera, lo veía por la trampilla de entrada, de reojo en su posición a los mandos de su cubo/proyectil, y repasaba todos los detalles de la caja, de su nave, hasta en el plano más ínfimo de sus espejos enfrentados, el azul oscuro de dentro, la numeración del habitáculo, la pared 1, el techo, todo. Se dio cuenta de que su caja de cartón era igual que el Saturno Cinco, se vio en el juego de espejos, y vio a Werner al final de todo, en el plano más diminuto del infinito, estaba en Peenemunde, al comienzo era Z y al final era Werner, y luego ambos, también estaba en Huntsville, y era él, fija la mirada en el desfibrilador inútil, quince, trece, seguían en Huntsville, de vuelta al báltico, ahora en su huerta, dentro del cubo/proyectil, estaban los dos, ya no, Z solo, dos ojos, cuatro ganchos, dos cánulas, un goteo salvador, un desfibrilador, una butaca, sus manos asiendo con fuerza los mandos, agarrotadas, algo de sangre corriendo por el brazo, cosquillas, dos espejos enfrentados, el recuerdo del doctor, de una isla en el Báltico, un pecho abierto y un esternón magullado, el músculo morboso, más lento que nunca, la mirada fija, el desfibrilador, diez, la mente fija, siete, la tensión del destino, oyó el canto del mirlo blanco, se acordó de su trinar, criaban sus polluelos en el fresno del jardín, había un río cerca de casa, por eso había mirlos blancos, les ponía alpiste con frecuencia, sabía que no se debía jugar a eso, pero lo hacía igual.

El desfibrilador marcaba cero, el mirlo se había callado, a la mágica cifra la acompañó una sirena lumínica, tenía aletas, afuera estaba oscuro, la caja pintada de azul claro, dentro también, la caja pintada de azul oscuro, sus ojos se clavaron en sus ojos, espejos enfrentados, quería verla, a la muerte, ¿existía?, su artilugio lo hermanaba a ella, paredes 1 y 3, dos ojos, el trono, el respaldo inclinado hacia atrás, un corazón, un músculo tumefacto, inmóvil, quieto, pasmado, el desfibrilador a cero, una sirena con alas, por un momento no vio el infinito, no vio un plano tras otro dentro de un plano tras otro, ¿qué estaba pasando?, veía, pero no sus ojos, veía, pero no los espejos enfrentados, no un plano dentro del otro, un momento, ahora sí, veía su pecho abierto, un esternón a punto de gripar, sus brazos en tensión, el cero, el instinto de cogerse con fuerza a la silla, el músculo no le latía, empeñado, tozudo, quieto, rompiendo, vomitando, llorando, electrones comunicándose, eterno retorno, lo sabía, era un cuento, ahí está, delante de mí, la verdadera muerte, no el cuento asustaviejas sino la muerte de verdad… no! qué pasa, una calle llena de gente, vecinos, va muy rápido, pierde el control, se sale de lo que debía ser su línea, patinazos, qué ruido, arrasa tiestos, niños jugando, ya no, por el suelo, descuartizados, pasa por encima, aullidos, son perros, ciento treinta por hora, dónde está el espejo dentro del espejo, duda, no lo ve, sigue en su trono, estrujados los mandos, suda, sigue en el trono, en el cubo, desfibrilador a cero, pero error, error, no! su derrota, todo a la mierda, qué ha pasado, el pecho abierto, la caja numerada del cero al cinco, pero los ojos de enfrente, sin espejo en la pared 1, no pueden ser sus ojos, no hay un espejo en el que se puedan reflejar, infamia, son los ojos de Uno, se está viendo reflejado en ellos, diminuto, en las cristalinas pupilas de Uno, de pie frente a él, ya no hay espejos, ni infinito, qué hace este aquí, me estoy viendo en los ojos de Uno, no es mi espejo lo que está en la pared 1, son sus ojos, es él, enfrente a mí, quieto, está asustado, acaba de entrar, gesticula, habla y no le oigo, chilla, se desgañita, me sacude, quién le dio permiso, qué hace aquí, cómo ha entrado, largo, vete, es él, son sus ojos, y me estoy muriendo.


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