miércoles, 14 de julio de 2010

Bajo los tilos - Arnstadt


Contaba M. que el día que más lloró en su vida fue el día que vio el primer tanque aliado en Berlín. La frase le salía así de clara y rotunda cuando, de mayor, recordaba lo que había vivido en aquel abril/mayo de 1945, con tan sólo 23 primaveras. En esos días de caos, derrota, podredumbre y horror, M. inició otro de sus periplos de subsistencia; periplos y vivencias que, vistos ahora, parecen sacados de películas-chorras, pero que, por aquel entonces, estaban a la orden del día en la deslavazada lucha por la supervivencia.

Habiéndola cogido el final de la guerra en Berlín, tuvo que arreglárselas para volver a Arnstadt, cerca de Erfurt, en dónde estaba la casa familiar. Baste la increíble filmación que realizaron las huestes del tío Sam en Unter den Linden (Bajo los tilos, la avenida insignia de Berlín) para hacerse una idea del circundante panorama de destrucción total que acompañaban las idas y venidas de los habitantes y supervivientes de la Alemania derrotada.




Fue cerca de aquí dónde M. robó una destartalada bicicleta. Con ella inició un deprimente recorrido en dirección suroeste. De por medio 250 kilómetros de carreteras inexistentes, pueblos fantasma, personajes de ultratumba y una pestilencia difícil de olvidar. Llegar viva fue una pequeña victoria, aunque rápidamente aplacada por la plúmbea realidad de la ocupación soviética, el hambre, la añoranza de los que faltaban o nunca volvieron, y demás decorado habitual en semejante situación.

Desde aquella, la pregunta ¿cómo? no la abandonó nunca. Uno se siente abrumado cuando nace al lado de la Bach-kirche, ve con sus propios ojos, y escucha a diario, el órgano dónde el genio humano se destiló hasta el infinito, y al día siguiente forma parte de una masa vitoreante y enloquecida que lleva a cabo y alienta atrocidades hasta la fecha desconocidas. Uno se debía sentir vacunado contra el mal ante semejante cercanía con JSBach. Portadores de una bula vitalicia y universal. Craso error. Da la sensación que en ningún lugar se pasó de cien a cero con tanto desparpajo y rapidez como en Alemania. Esa capacidad de frenada, de ir para atrás como el cangrejo, resulta insuperable. En cualquier lugar tedesco hay ejemplos. En Arnstadt el contraste clama al cielo: empapados del más inspirado JSBach, a un paso de la clásica Weimar, se pudieron sentir unos elegidos… pero torcieron luego la mirada ante el vecino Lager de Buchenwald, donde, en el colmo de la infamia y del cinismo, se mantuvo en pié el roble dónde un desmesurado y endiosado Goethe había abrumado a respuestas al bisoño Eckermann durante años de paseos.




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