jueves, 25 de febrero de 2010

Inmundicia carmesí

La justicia acojona. Hace ya una temporada me llevé uno de los mayores sustos/espantos profesionales de mi vida, y no han sido pocos, pues, como bien sabéis (ó os podéis imaginar), la justicia y la administración de la misma son, en muchas ocasiones, una triste performance. Susto/espanto porque, a pesar de que el beneficiado fue mi cliente, la cosa ésta, sí, la justicia, da mucho miedo.

Pongámonos en situación: el hipotético caso de un homicidio acaecido en el seno de una pareja heterosexual. Son las doce de la noche de un día cualquiera y él llega a casa. A los diez minutos de su llegada al hogar, y tras una acalorada discusión, él vuelve a atravesar el umbral de la puerta, en esta ocasión en dirección opuesta y con un cuchillo clavado en el pecho. La cuchillada le ha alcanzado el corazón y, a pocos metros de su domicilio, él acaba con su cuerpo espatarrado en el suelo, estertores y demás triste parafernalia.

Mientras tanto, ella, que ya tenía antecedentes por haber lesionado a su pareja (el mismo que ahora yace en el suelo vomitando sangre) con un cuchillo de cortar jamón, reacciona. ¿Cómo lo hace? ¿Arrepentimiento o contumacia? Pues contumacia. Trapos y fregona en mano, limpia los restos de la carnicería. Acabada su higiénica labor en las distintas dependencias de la casa que se habían visto afectadas por el goteo fatal, decide abrir la puerta del domicilio y seguir limpiando el descansillo y las escaleras hasta el portal, borrando de esta manera el obstinado reguero carmesí. Estos ardides, fregona en ristre, son seguidos por un vecino que, alertado por el fogoso enfrentamiento verbal, se extraña luego ante la profusión de portazos y confusas maniobras. Suponemos que fue este mismo individuo quien, espantado detrás de la mirilla, debió avisar a algún tipo de autoridad, autoridad que al rato se presenta en el domicilio en cuestión dónde les abre la puerta su ahora única inquilina, aún con su patético uniforme de faena puesto: guantes de plástico y mandilón (ambos con restos biológicos pertenecientes a él), cierto apuro y congestión en su cara y, a su lado, apoyados en el pasillo, cubo y fregona también teñidos de mortandad. Cuarenta minutos después, en medio de una de esas madrugadas en las que por estos lares llueve salado, hablábamos los dos, ella y yo, en el cuartel.

Mala pinta el asunto, no me diréis. Siguiendo nuestro recorrido por las distintas relevancias de la hipótesis que os presento, debemos dar un salto en el tiempo. Ella, como es lógico, tras la declaración en sede Judicial, fue trasladada al centro penitenciario correspondiente, en donde, tras varias visitas, cliente y letrado acabamos profesándonos aprecio mutuo. Pero volvamos a las relevancias. Nuestro salto nos sitúa con la instrucción prácticamente finalizada. Autopsia y demás periciales son indiscutibles en cuanto a la autoría y concurrencia de varios elementos que podrían, claramente, agravar dicha autoría. Mal asunto. Ya estamos hablando de hasta dieciocho años, o más inclusive. Teniendo pedida, vuestro Venturín, una pericial sobre el grado de imputabilidad de ella (en plata, sobre si estaba trastornada, es border line, simple, alcohólica, o lo que sea), pues desde un principio dicha posibilidad pareció probable, la práctica de la prueba se estima pertinente. Cita en el Instituto de Medicina Legal. El día anterior visito a ella en el centro penitenciario y le explico en qué consiste el examen al que la van a someter y cuál nos interesa que sea su resultado. Ella me entiende perfectamente, a las mil maravillas. Me voy esperanzado.

Power Chord: en el Instituto médico la entrevistan una Psicóloga y una Psiquiatra
Power Chord: recibimos el informe, cinco folios. Conclusión: ella padece el síndrome de mujer maltratada

A estudiar como un loco al día siguiente. En resumidas cuentas, dicho síndrome no existe para una aplastante y casi unánime mayoría de la psicología/psiquiatría. Estirándolo al máximo llega a ser un síndrome sui-generis. Evidentemente tampoco está recogido en el DSM/IV, guía indispensable de trastornos y demás patologías mentales. Que no está “tipificado”, vamos, pura palabrería fashion. Reviso también la Jurisprudencia, y el mismo panorama. En derecho comparado sí que hay algunas referencias a él, pero poca cosa. El citado síndrome se me escurre entre las manos, y con él la posibilidad de introducir la palabra “atenuante” en mis consideraciones legales, pues visto lo visto, no tenía ninguna duda de que el Ministerio Fiscal se comería con patatas, en el acto del Juicio Oral, a las mencionadas especialistas en medicina y sus conclusiones fashion. Y es que estamos hablando de cosas muy serías, con muerto y huérfanos.

Poco antes de iniciarse el circo del jurado pido una cita en Fiscalía para hablar de los términos de una posible conformidad.

Power Chord: representante del Ministerio Fiscal en el presente procedimiento: mujer joven

Preparo dicha reunión, hago mis cálculos y desarrollo los pocos elementos a favor que tengo para introducir, sin que mi contrincante me mire con condescendencia, la palabra “atenuante”. El informe fashion a la cabeza. En la calificación del Fiscal a ella le pedían dieciocho años. Voy con la esperanza de una conformidad sobre los doce años. Llega el día. Tan pronto nos sentamos, la representante del Ministerio Fiscal saca a colación el tema estrella: Informe Pericial. La cagamos, pienso yo.

Tremendous Power Chord, acople decibélico, plomos fundidos y estridencia final: de atenuante nada, “Eximente incompleta” me dice la Fiscala, y si te parece te lo dejo en seis (6) años. Ahora es cuando siento el anteriormente anunciado susto/espanto, pero me repongo: Eso venía a proponerte, le espeto yo. No me lo podía creer. De verdad.

Cualquiera que se dedique a pleitear sabe que las atenuantes están caras, a veces más o a veces menos, pero hay que lucharlas mucho. Pero las eximentes incompletas, esas sólo aparecen en los manuales y en la teoría. Conseguir una es casi un milagro. Pero conseguirla, como quien dice, por la cara, fundamentada de manera tan informal y pobre en un pseudo - síndrome inexistente y cuya influencia, aún en el caso de que existiera, en el grado de imputabilidad de la acusada sería totalmente irrelevante o inapreciable, es, no casi, sino de lleno, un milagra. Con muerto y huérfanos.

Salí disparado para la cárcel. Emocionante, ella no podía parar de llorar, no se lo creía. Nos llevamos bien, y realmente me alegré por ella. Muchísimo. Llevando a espera de Juicio casi dos años, dentro de nada tendría los primeros beneficios penitenciarios y en un visto y no visto estará en casa. Él, enterrado. Y los huérfanos bajo tutela de la administración.

Ay la justicia. Qué maleable es. Qué falta de rigor y qué escandalosa arbitrariedad. ¿Me habría ofrecido semejante acuerdo otro fiscal, ya no digamos del género masculino? De ninguna manera. ¿Habrían diagnosticado tal síndrome otros psicólogos/psiquiatras, ya no digamos del género masculino? De ninguna manera. La realidad es que ambos criterios no aguantan ni un pase. Ni el criterio forense ni el legal son de recibo. Tuve suerte, sin duda. Con cualesquiera otros profesionales no bajaba de quince años la cosa.

Pero lo que realmente me acojona, por si lo anterior fuera poco, es el resultado que habría tenido el presente supuesto si cambiáramos, no los profesionales (en este caso ya sabemos que de quince años no bajábamos), sino a la acusada. Pensad en los mismos profesionales y pensad en que el reo fuera él y no ella. Pensad exactamente en las mismas circunstancias y cambiad sólo sus protagonistas, él acuchillando y ella bajo tierra. ¿Eximente? De ninguna manera ¿Atenuante? De ninguna manera señor letrado, le exijo un mínimo de seriedad. Bueno vale, quince años y firmo. De ninguna manera. ¿Cómo?, le pregunto yo. ¿Pero qué pretende, letrado? Verá: agravantes de reincidencia, domicilio habitual y yo qué sé más… y ya estamos en veinte años.

No se trata aquí de valorar los distintos criterios de que os hablo. Si están mejor o peor fundamentados. Yo creo que apenas tienen justificación, que se han tomado totalmente a la ligera. Te los encuentras servidos en bandeja. Pero en el fondo no estamos hablando más que de un supuesto concreto. Lo que pone los pelos de punta es que uno se pueda llevar sin anestesia una condena de entre 5 a 20 años, dependiendo tan solo de en manos de quién caiga. Por supuesto que la subjetividad tiene cabida en la interpretación de las normas, pero todo dentro de un orden. Un mínimo de seriedad.

lunes, 22 de febrero de 2010

Sputnik Mayakovsky

…o Maiakovski, o como queráis. El asunto se convierte en inevitable. En la entrada del 4 de Febrero (How is Possible?) os amagaba con su nombre totémico, como quien no quiere la cosa, para que se os hiciese la boca agua. Mientras, en la entrada anterior a ésta, andábamos a vueltas con lo que ya sabéis. En vista de todo ello, sería inexcusable no deleitarse con el torbellino cirílico en imágenes. Uno de esos tíos con los que uno siente la imperiosa necesidad de confraternizar, comulgar. Viendo cómo ve el amigo Vladimir, mejor dicho, cómo mira el amigo Vladimir. Viendo cómo se sienta en una esmirriada silla cualquiera… quién le discute nada al camarada. También sabía escribir, y tenía corazoncito, y narices para suicidarse. Además en cirílico, además con sombrero o rapado al cero, qué más da. Para qué romperse la cabeza con himnos y demás absurdities. De pegarse el tiro en la cabeza nada, mejor en el corazón. Y hablando a gritos…





martes, 16 de febrero de 2010

Aguirre/Zabriskie point


¿Cómo es posible que una aplastante mayoría de cineastas vivan de espaldas a lo que debería ser una de las principales ventajas de su supuesto arte, el llamado séptimo?

No tengo ni idea. Pero debemos dar gracias a que no sean una unanimidad, un unísono de mediocridad. Los hay que no le dan la espalda a lo que a nosotros nos fascina, y que no es otra cosa que las imágenes, per se, a palo seco. En resumidas cuentas: la escandalosa fuerza que las mismas pueden llegar a tener cuando el que se encarga del asunto sabe lo que se trae entre manos, a diferencia de esa otra infame mayoría de miembros del gremio éste de los cineastas que, o bien desprecia y humilla a las pobres imágenes (paradójico asunto), o bien es incapaz de crear nada minimamente presentable (opción ésta más probable que la anterior).

Alguna que otra entrada le he dedicado en el blog a esas gloriosas películas que podríamos definir, torpe y exageradamente, como aquellas que nos dejan estupefactos aunque las veamos con el volumen a cero. Qué pasada. Nada tengo en contra de argumentos y tramas, de mensajes velados y obviedades. Todo lo contrario, hasta ahí podíamos llegar. Pero cuando uno ve lo que llegan a hacer determinados elegidos sólo con sus imágenes, cómo nos dejan pegados al asiento con semejante espectáculo visual, luego me escandalizo ante la generalizada incapacidad para hacer algo parecido, aunque sea sólo un poquito, que caracteriza al mayoritario resto de profesionales ¿? del gremio. No hay manera. Qué pobreza.

Incapacidad que escandaliza más aún si tenemos en cuenta que este gremio de los cineastas, además de con las imágenes, ahí es nada, cuenta con otra arma de destrucción masiva de voluntades y de incuestionables efectos psicosomáticos: la música. ¿Cómo es posible que a oscuras, mirando para arriba, después de haber pagado una pasta y por lo tanto sugestionados positivamente, con un dolby/surround 5.1 y sabe dios cuántos alucinógenos técnicos de ultima generación más (desde asientos móviles hasta gafas que lo ven todo), no se salga del cine como quien se ha pegado un viaje intergaláctico o se ha bebido de un trago un preparado de ayahuasca macerado en peyote durante tres semanas? Es que hay que ser muy mediocre, pero mucho, mucho, para hacer semejantes bodrios visuales. Si, a mayores, tampoco la trama, argumento, o lo que se estile, están muy logrados el fiasco es monumental.

Ay, ay, ay, cuando uno se topa con un trallazo de esos de verdad... No queriendo ofender sensibilidades dejo en vuestras manos la elección de los creadores y sus películas. Pensad en esa o aquella, sin duda pelis que os dejaron abraiados por el desmadre sin igual de su estética, fuerza visual o como lo queráis llamar. Muchas veces, además, coincide que todo lo demás está a la misma altura, argumentos, música… una pasada.

Yendo el asunto de lo que va, voy a elegir yo un comienzo y un final de esos que me dejaron totalmente alucinado, acongojado, enfrascado, pidiendo a gritos que no acabase tal espectáculo, por lo menos en la hora y media de metraje estándar. Un comienzo (insuperable) y un final (también insuperable). Ambos, mezcla soberbia y electrizante de imagen y música. Las maravillas de la electrónica permiten que con un simple clic podáis ver y oir parte del espectáculo.

El comienzo entre los comienzos (junto con otros muchos, claro está) es el de “Aguirre, la cólera de Dios” apabullante secuencia acompañada por la espectacular canción que Popol Vuh se sacaron de la manga en el año 1972 para la peli de su paisano Werner Herzog. No se encuentra entero en tutubo por lo que haceros una pobre idea con los primeros 40 segundos de este trailer (por desgracia muy mala imagen):



La apoteósica cancioncilla de Popol Vuh sí que está enterita. Que en el ´72 anduvieran con estas cosas no es una broma:



El final, qué final… el de Zabriskie Point de M. Antonioni, una verdadera pasada. La peli, salvo una pseudo-escena orgiástica-naive que el paso del tiempo ha convertido en un tristísimo espectáculo, es de esas que entran por la vista, como la anterior y tantas otras. Venga el espectáculo, este sí, entero y con calidad bastante aceptable. La música de Pink Floyd:

viernes, 12 de febrero de 2010

Antológico Bernhard


Qué espectáculo sin igual los cinco relatos autobiográficos (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño) de Thomas Bernhard, que, sin duda, son de esos libros que dejan a uno totalmente estupefacto. Impresionante. Representante de esa milagrosa estirpe de geniecillos que dicen cosas abracadabra y, a mayores, tienen, por si lo anterior fuera poco, una inusual capacidad para deslumbrar también con un estilo intenso, peculiar y distinto, apisonante y apasionante. Diez absoluto, fuera de serie. Uno acaba de leer esto y, tras tomar aire, se está pensando ya en volver a empezar. Simplifiquemos las cosas: Algunos pueden decir genialidades de manera anodina y vulgar. Muchos más pueden decir estupideces y vulgaridades de manera deslumbrante y virguera, pero pocos pocos, y entre ellos está Thomas, pueden decir pavorosas genialidades de manera deslumbrante… bocatti cardinale

Sus antológicos relatos autobiográficos, matiz este, el de autobiográficos, que da totalmente igual, pues, aunque fuera todo inventado, el espectáculo sigue estando garantizado, son ahora recopilados en un solo volumen por Anagrama. Recomendable al cien por cien. Nuestro Thomas debió estar hormonando años enteros, juntando bilis a espuertas, posiblemente dudando si sus conciudadanos estarían dispuestos/preparados para digerir semejante supositorio literario, semejante pepinazo. Al final no pudo más y salieron sucesivamente los cinco artefactos en los años setenta. Caña de la buena, guitarras distorsionadas y doble bombo…

jueves, 4 de febrero de 2010

¿Jao is pósibol?


Parafraseando a cierto automovilista, para muchos, personificación del mal fario y para otros tantos, un fuera de serie, yo también me pregunto a veces: ¿cómo es posible?

Y lo hago porque no me entra en la cabeza que determinados personajes sean capaces de hacer según qué cosas a ciertas edades. Los protagonistas en esta ocasión son escritores: Carmen Laforet, Carlos Fuentes, Emil M. Cioran.

El asombro y resquemor, el no creérselo aunque se sabe que es cierto, lo originan unas señaladísimas obras que, escritas a tan cortas edades, no parecen otra cosa que un milagro. Porque visitado por las hadas, duendes o abducido por extraterrestres o la Komintern vale que Mayakovsky escribiera “La flauta vertebral” o “La nube en pantalones” con dieciocho años (y que ya sólo por sus títulos deben estar por derecho propio entre la crem de la crem). Ejemplos de esta precocidad entre los poetas hay por doquier, a gusto del lector. Pero distinto cantar es la novela. Dejemos a un lado la musicalidad, el lirismo y vayamos a lo magro. Ya os dije una vez que uno se lee “Nada” de Carmen Laforet, libro mayúsculo, sobresaliente e impepinable, y el susto que se lleva el extasiado lector al enterarse de los tiernos 19 añitos que tenía la criatura al escribirlo es antológico. Sí, sí, ¿cómo es posible? No lo sé, porque realmente parece imposible. ¿Se tratará realmente de un milagro laico o, más probablemente, de una preparadísima macro operación de merchandising adelantada a su tiempo, un Milly Vanilly de posguerra, estrategia fraudulenta aún no desenmascarada? De tener los medios, la formación, la capacidad y el tiempo necesarios yo me dedicaría a esta apasionante investigación: “Lo que no se nos ha contado sobre Nada, de Carmen Laforet: Milagro o fraude”

El mismo temblor corporal le entra a uno con el pedazo de monumento escrito que se sacó de la manga Carlos Fuentes con escasísimos veintiocho años: “La región más transparente” No way, aquí hay truco. Por distintos motivos que en el caso de “Nada”, pero igual de sobrenaturales, resulta inexplicable que esta novela sea obra de un veinteañero. Es que no puede ser. ¿Cómo, si parece el resultado de ese difícil don que hace que ciertos elegidos, tras años de avatares y experiencias, de vivir en mayúsculas en resumidas cuentas, se eleven, próximos a su ocaso, por encima de sus semejantes en un estado de absoluta sabiduría-reflexiva- genial? ¿Carlos, Carlos, a quién le vendiste tu alma? Otro tema para una investigación que debiera proponerse alguien dotado y competente.

Y, aunque olvidándonos ahora de la novela, qué oscuro secreto se esconde tras la gestación del tremebundo y casi indescifrable “En las cimas de la desesperación” de nuestro admirado E. M. Cioran. Veintidós años le contemplaban. ¿?
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...