miércoles, 27 de febrero de 2008

Ocaso… de las cimas de la despotricación a las simas de la…

Glub, glub, glub… afundín, compañeiros. El Ocaso ha podido conmigo. He tenido un despiste y lo he pagado caro. Os cuento. Los lunes, Fer y yo, como dos auténticos treintañeros, ya tirando a cuarentones, echamos unas disputadísimas partidas de padel. Durante hora y media nos olvidamos de nuestra estrechísima amistad y nos enfrentamos a raquetazos. El otro día acabé exhausto. Llegué a casa y me duché. Como tengo un problemilla en un tendón de la rodilla izquierda, después de la ducha me suelo sentar con la pierna estirada y le pongo una bolsa con hielo durante veinte minutos. Son hipo-momentos en los que voy recuperándome del esfuerzo. Digamos que dejo en stand-by el resto de funciones orgánicas e intelectivas y me centro en esa agradable sensación que se disfruta tras el esfuerzo físico. Si alguien quisiese asestarme el golpe definitivo, ese sería el momento. Soy todo indefensión. Como cuando en las pelis de tiros se te acaban las balas y tienes que cambiar el cargador de la pistola. Momentos de debilidad y falta de protección que suelen aprovechar los rivales.

En esas circunstancias una extraña fatalidad quiso que Montse encendiese la tele. ¡¡Joder, qué golpe!! Casi sin fuerzas musité un “quita eso”. También a ella le impresionó el espectáculo y cambió rápidamente: Pumba, lo mismo… Otra cadena, igual… en la lejanía de un profundo y oscuro pozo oí que Montse decía: ¿pero qué es esto? Aterrorizado intenté salvarla. Se va a ahogar, pensé. No sé cómo, miré hacia arriba y… la vi a ella en el sofá. Era yo quién se estaba asfixiando en la espiral de muerte catódica. Hundido, sin fuerzas para seguir nadando contra corriente. Desamparado. Aturdido ante la popularísima fiesta que el lunes por la noche se estaba celebrando en todas las cadenas. Para mí fue demasiado. Este shock, unido al hipo-momento de recuperación atlética, pudo conmigo. Ni me acordaba que ese lunes era el día D y que mientras yo me recuperaba del esfuerzo padelístico estaba en su momento álgido el “petate” entre los dos tele-predicadores con mayor tirón entre los creyentes ibéricos. Creo que estaban jugando al quién da más. Qué impresión, de verdad. Fueron unos durísimos instantes, crueles, eternos. La corriente me arrastró. Perdía el conocimiento y me hundía en las “simas” de la desesperación, abatido, resignado, debilitado.

Porque si me hubiesen cogido en otro momento, a lo mejor, no me mandaban a las profundidades. Todo lo contrario, estando mis defensas alerta, habría salido catapultado hacía las cimas de la “despotricación”, lugar en cuyas proximidades, aparte de seguir pobremente las huellas de Él, Cioran, suelo redactar mis obsesivas y aburridas HistoriaS del ocaso. Y ante semejante estímulo le habría dedicado otro sainete a la antimateria. Sin duda. Pero no, eso se acabó. Me estaba recuperando y entre el de la barba, el de la ceja y el que estaba en medio, me hundieron en el pozo. Chao, chao cimas de la despotricación. Tendré que empezar a poquitos una nueva vida. Primero recuperarme y luego ya pensaré en metas mayores. Aquí abajo, en las profundidades del Baikal, en el lecho lacustre, nunca había estado. Vaya sitio. Y vaya bichos más raros. Tiene una cosa buena, no se oye la tele. Solo un entrecortado bum-bum cardiaco, como el que a veces se escucha contra la almohada. Creo que voy a aprovechar estos lares para retomar viejos páramo temas que tenía un poco olvidados, mientras espero a que pasen estos quince días de tormenta. Luego, ya sacaré la cabeza, o lo que me quede de ella, a la superficie.

lunes, 25 de febrero de 2008

HistoriaS del ocaso: "El cencerro y la manada"

Estos últimos días, motivado por determinado incidente internacional, he vuelto a ver, deglutido y pasteurizado en los intestinos de nuestros líderes y mass media, determinado “Santa Santorum” de su reductor y reduccionista discurso. La cosa es tan triste que me estoy planteando seriamente el cortar por lo sano con esto del Ocaso. Y ello porque desde que decidí dedicarle más espacio en el Diarioprueba, como es lógico, me sentí también más atraído por el asunto, ocupando con más frecuencia mis pensamientos y dándole al mismo más vueltas. Conforme lo iba haciendo me resultaba más monstruoso y patético el nivel de demagogia e ignorancia, la teatralidad y el cinismo del conjunto de actores de esta ramplona comedia. Por pura higiene mental me voy a prescribir un alejamiento de este contaminado asunto, pues de seguir así, no descarto que el germen de la infelicidad y la frustración llegue a anidar en mi desenvuelto espíritu, ante lo bochornoso del espectáculo y lo popular que resulta el mismo. Si a esto unimos que recientemente han suprimido de la programación ese hito de la abstracción mental, auténtico milagro de talasoterapia neuronal, que era el “Aquí hay tomate”, y que, tras las estupideces del telediario, actuaba como balsámico ungüento, como os podréis imaginar, las cosas pintan muy mal para los cuatro lunáticos a los que este asunto de los políticos nos chirría mas de la cuenta.

Desencadenante de esta decisión, como os acabo de indicar, adoptada por puro interés personal ante los tintes que la cosa iba adquiriendo, fue el observar, por enésima vez, el chachachá que nuestros iluminados políticos se marcaban con sus cuatro chocheces. En este caso, vestidos con un rimbombante traje chaqueta de “ante todo demócrata”, acompañado por un chal de “coherencia” no se les ocurrió mejor cosa que volverse a calzar con esas suaves chinelas de “naciones unidas”. Qué conjunto, amigos. Al traje chaqueta y al chal ya le hemos dedicado algún que otro tijeretazo, sin duda necesario y a todas luces clarificador. Hagamos lo mismo con sus mareantes United Nations. A esta damisela la sacan a bailar, según apetitos y calentones, desde todos los bandos. Es la novia cósmica, universal, que cualquiera de ellos ansía. Por supuesto que estoy de acuerdo con los principios que la informan. Aunque lo desconozco casi todo sobre ellos, creo que priman la solución dialogada de conflictos, la igualdad y demás blablabla… muy bonito sí, PERO, ¿cómo es posible que nuestros acólitos de la “democracia ante todo” toleren la existencia en pleno siglo XXI de un elemento de tiránico absolutismo en la institución que según ellos representa como ninguna otra los principios democráticos? ¿No es intolerable si lo comparamos con las hogueras mediáticas que montan por mucho menos, simples nimiedades, en su día a día? ¿Cómo es posible que vean un inofensivo gusano de seda a mil kilómetros, aprieten el botón nuclear y lo maten a misilazos, y, sin embargo, se les pase por alto una vociferante marsopa hipotiroidea en su bañera? Qué tíos. Porque si algo es la antítesis del “sistema democrático”, en el que decide una mayoría, no es otra cosa que el “derecho de veto”, en el que frente a la unanimidad menos uno, decide ese uno. Uy, uy, uy. Difícil de tragar el sapo, eh? Pero es que el sapo no es uno, que son dos. Ya lo del veto es anterior a la revolución francesa, pero, que el mismo corresponda a las mega potencias, resulta como poco, feudal, hermano gemelo del derecho de pernada y lindezas por el estilo. El marcado carácter “antidemocrático” (qué palabrota, chico) del susodicho “veto” se podría atenuar con ese maravilloso milagro de generosidad sociopolítica que sería que el mismo correspondiese, no sé, a Sri Lanka, Ingusetia, Yemen o Chad. Estaríamos así ante un hiperactual ejemplo más de “discriminación positiva”, principio loado y manoseado por nuestros políticos hasta el exabrupto por sus virtudes y beneficios a la hora de afrontar la desigualdad hombre mujer, pero que, sin embargo, se les olvida en este otro tipo de situaciones… ¿Pero os habéis vuelto locos? ¿Yemen, Chad…? Por favor, en qué mundo vivís. Usa, Rusia, UK, la France y China. Viva el uranio. De verdad que no acabo de aclararme. No entiendo nada. Vetos, coherencias, discriminaciones positivas y demás me tienen loco. A ver si algún sesudo fanático de la participación, de esos que ya están calentando motores para dentro de unos días, me lo puede explicar. Y sin insultarme por favor, que hoy estoy haciendo un sacrificado ejercicio de autocontrol para no empezar a trompazos con todo.

Nuestro sistema jurídico tolera, aunque no sin críticas, el llamado voto de calidad, primando con ello el pragmatismo. Con él, para evitar el punto muerto que el empate en una votación podría conllevar, se otorga valor doble al criterio de determinado votante, y ello solo en caso de empate. Suele identificarse dicho voto de calidad con personas o puestos que, por su especial relevancia o capacidad, se hacen acreedores de tal “privilegio”, situación y condición reconocida y aceptada por el resto de interesados. Pensemos por ejemplo en el presidente de un consejo de administración. Plantea más dudas la cuestión de si dicho voto de calidad, depositado por ejemplo en el indicado presidente de un consejo, podría ser ejercido por aquella persona sobre la que éste haya delegado su voto, pues ya no es ésa la persona cuya especial relevancia o capacidad es por todos reconocida, sino un tercero. Pero me estoy yendo… Cosa muy distinta del voto de calidad, dónde el balón ya sale fuera, aunque rozando el poste de la democracia, es el derecho de veto, en el que no tenemos ni balón ni porterías. Y si encima, dicho veto corresponde a los cinco chupones de siempre… ya no hay ni estadio, ni campo, ni ná.

…Qué cosas tiene esto del Ocaso. No le recomiendo a nadie que le dedique más de un segundo a estos triviales asuntos, ya que su cómoda vida y sus intocables referencias se pueden tambalear desde ese preciso instante de tal manera que se arrepentirá por el resto de sus días. Para evitar esto nada mejor que lo que hacen esos grandes admirados míos: los cencerriles devoradores de información. Los compulsivos lectores y oyentes de periódicos y emisoras, telediarios y debates. Encima se creen alguien. Pero, fijémonos un momento en ellos. A simple vista podría parecer que realizan un ejercicio de cierto nivel intelectual. Que dan a sus lecturas y escuchas, que deberían ser lo más variadas y dispares posible, el beneficio de la duda, pero también el punto de incredulidad necesario para que nos enriquezcamos, para que nuestros criterios y opiniones, absorbiendo de aquí y de allá, evolucionen, se amplíen, refresquen y mejoren. Pero nada de eso. En su mayoría son unos tramposos. Lo que hacen es amagar. Mirarse al espejo (siempre el mismo) y decirse lo guapos que son (aunque sean Cuasimodo en persona). De pena. Como ya os he indicado en otras entregas, algún impulso recibido en su tierna infancia habrá encardinado a nuestro cencerro dentro de su manada. Desde ese día, allá por los catorce o quince años, su coherencia, gregarismo e inmovilismo le llevarán a jurar amor y lealtad eternos a su partido o facción, a tener una Fe infinita en todo lo relativo al mismo. Repetirá a pies juntillas los cuatro salmos aprendidos en su piadoso despertar sociopolítico y cumplirá ordenadamente con la correspondiente liturgia. Celebrará con inusitado, pueril y mojigato jolgorio las luminarias de sus pastores y será un vivo ejemplo de naturaleza humana “temerosa” ante el anunciado fin del mundo que para él y los suyos supondría la derrota de su confesión en una de las cuatrianuales fiestas de la participación. Entre los ejercicios espirituales que los miembros de las correspondientes sectas o facciones realizan a diario está la incomprensible redundancia, que a mí me tiene perplejo, de escuchar y leer siempre lo mismo, para así tranquilizarse y despejar cualquier atisbo de pensamiento crítico o quiebra de fe. La duda les da miedo. Es su honor lo que está en juego. De esta manera, todos esos infelices que desfilan a diario por quioscos y diales de radio, que escuchan y leen siempre la misma hoja parroquial, digo, emisora o cabecera, lo único que hacen es rezar el rosario, acudir a la novena y exorcizar sus miedos. Lo primario de sus argumentos y la debilidad de su capacidad de raciocinio les lleva a esa compulsiva autoafirmación diaria que supone el leer religiosamente, durante años y años, siempre la misma opinión, por supuesto, la única que se atreven a escuchar, no vaya a ser que, sin querer, de manera involuntaria, inexplicable casualidad, prenda en su descampado encéfalo una brizna de duda. ¡No! por dios, digo, por el partido. Y en su inseguridad sin parangón, estos nuevos creyentes, portentosa mayoría, necesitan escuchar o leer, varias veces al día, la plegaria u oración de turno. Siempre lo mismo. Ni una variación. Amén. Se es más fiel al sectario foco de desinformación y al partido de turno que a la propia sangre. Nulo espíritu crítico, cero curiosidad, cero criterio propio. Satanizan la hoja parroquial de la confesión rival, se mofan de ella y de sus fieles y se creen ellos muy libres. Sean del bando o facción que sean. Esta patatera y fumigante realidad es una regla inexorable en los miembros de ambos bandos. Desde los quince años, todos los días escuchando la misma monserga, sin pecado concebida. Realmente tiene un merito del copón. A su lado, San Agustín parece un iconoclasta. Una cosa es aguantar unos añitos, todos lo hemos hecho, pero desde los veintipocos en adelante, creerse determinadas cosas es de simples o de fanáticos, pero no de personas cuerdas. Me fascinan las caras de asombro y condescendencia de todos estos acólitos de la nueva Fe Política, dogmáticos como pocos, cuando ven a musulmanes o budistas, arrodillados en sus mezquitas o peregrinando a veinte bajo cero hacia el Monte Kailas. Los estoy viendo, qué facianas. Llenos de lo que ellos creen que es una sana y liberada aconfesionalidad, que pedantemente destacan como propia, sienten esa superioridad que caracteriza al occidental laico burgués y matizan, sentados en la poltrona después de su opípara y pantagruélica comida: es que estos tíos están en la edad media, viven en la época de las cruzadas, míralos, dan pena… y miedo… Y realmente se lo creen. Sin embargo, en lo esencial, poco han cambiado las actitudes y la tendencia a la credulidad, sectarismo y dogmatismo que nos caracterizan. Lo único que ha cambiado es el objeto, ídolo, principio o ideal sobre el que dichas tendencias se plasman. Para unos es la religión, para otros la política… En cualquiera de los casos, el afán de aprendizaje, el espíritu crítico y la libertad personal no están presentes. Lo demás, que no os quepa la menor duda, son historias.

lunes, 18 de febrero de 2008

Paul Celan y E. M. Cioran

Acabo de leer una edición de los cuadernos que, casi a diario, mi admirado E. M Cioran fue escribiendo entre 1957 y 1972. Emil es el rey del hastío, el vacío, el tedio y la desazón. Me gusta cómo escribe y me gustan sus salidas de tono, abundantísimas. Siempre a piñón fijo, trascendental, tremendista y tremebundo, sus libros son difícilmente etiquetables. Yo a él me lo imagino como una especie de plañidera hipocondríaca, supongo que muy mala de aguantar. No sé cuántos amigos habrá tenido, pero posiblemente hayan sido pocos, aunque muy buenos. Siempre quejándose de lo mal que está, de su tristeza patológica, de su falta de soluciones, de su siempre anunciado y nunca consumado suicidio, y, a la vez, siempre bien, sano, viviendo de hotel y sin pegar palo al agua. Sí señor. Debió ser un gorrón de mucho cuidado. Mientras él se quejaba a diario, desde que a los 21 años creyó encontrarse “En las cimas de la desesperación”, hasta su fallecimiento en 1995 cuando tenía 84 años, sus compañeros de generación o profesión, entre guerras, locuras y fatalidades, con vidas mucho más extremadas que la suya, y quejándose la milésima parte, iban desfilando ordenadamente hacia el camposanto, el manicomio y la trinchera.

Cioran tenía una manera muy especial de escribir. Era algo vago, parece ser, así que nada de tramas y largas argumentaciones, que eso resulta muy laborioso. Al revés, pequeños comentarios, ideas sueltas, esbozos, citas, aforismos, pueblan sus cientos de páginas. Los títulos de sus libros, indicativos: Ese maldito yo, El ocaso del pensamiento, Breviario de los vencidos, En las cimas de la desesperación, Silogismos de la amargura, Breviario de la podedumbre, La caída en el tiempo, etc. Sus temas, los que os podéis imaginar. Al comienzo, cuando abrí el primer libro suyo, entre eso de que daba la sensación que iba en plan sentar cátedra, y que a veces resulta confuso y contradictorio, me pareció un petardo. Pero al poco empiezan a aparecer otras cosas. Este tío estaba mu´ mal. Se puede abrir cualquiera de sus libros, por cualquiera de sus páginas, y saltar luego a otro libro, que da igual, pequeños párrafos, muchos ininteligibles, pero muchos otros gloria pura. Provocador, brillante, irrespetuoso, incómodo y afilado.

Leyendo sus “Cuadernos 1957 – 1972” me encontré con Paul Celan. Se conocían, se trataban y admiraban estos dos elegidos. No lo sabía. Tampoco sabía que Celan tradujo parte de la obra de E. M. al alemán. Decía Cioran en 1970:

“7 de Mayo.

Celan se ha tirado al Sena. El lunes pasado encontraron su cadáver.

Ese hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que yo estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo lo hería. Siempre que me lo encontraba, me ponía en guardia y me controlaba, hasta el punto de que al cabo de media hora estaba extenuado.

11 de Mayo.

Noche atroz. He soñado con la sabia resolución de Celan.

(Celan fue hasta el final, agotó sus posibilidades de resistirse a la destrucción. En cierto sentido, su vida nada tiene de fragmentaria ni de fracasada: está plenamente realizada. Como poeta, no podía ir más lejos; en sus últimos poemas rozaba el Wortspielerie
(juego de palabras). No conozco una muerte más patética ni menos triste.)

Ya puestos, os voy a poner algunas de las “cosas” que me encontré en “Cuadernos 1957 - 1972”. Se esté o no de acuerdo, es lo de menos, no tienen desperdicio:

“El mayor placer que puedo experimentar es el de renunciar, el de negarme a asociarme con quien sea. Podría dar mi vida por una causa, a condición de no tener que defenderla.” -Más adelante, hablando del supuesto de que alguien le pidiese su adhesión, dice- “Que me exija cualquier cosa, salvo esa capitulación espiritual que consiste en entrar en un grupo y caminar con él, prietas las filas.”

“Por mucho que me remonte en mi memoria, siempre he odiado a mis vecinos. Sentir a alguien viviendo al lado, al otro lado de la pared, oír el ruido que hace, percibir su presencia, imaginar su respiración: todo eso me ha vuelto siempre loco. Al prójimo, en el sentido físico de la palabra, no, nunca lo he amado. Es esencialmente odiable… para todo el mundo. Y, si no se puede amar al prójimo al que se conoce, ¿qué sentido tiene amar al que no se conoce y del que nos hacemos una idea en abstracto? En resumen, se puede sentir por los hombres piedad, pero amor…”

“El amor es un sentimiento totalmente anormal, ya que va acompañado de todos los estados turbios que suelen caracterizar a una mente trastornada: angustia, desesperación, desconfianza mórbida, relámpagos de felicidad, egoísmo llevado hasta la ferocidad, etcétera. Es una felicidad de furioso.”

“Por suerte o por desgracia, siempre me ha atraído más lo posible que la realidad y nada es más extraño a mi carácter que la realización. He profundizado hasta el menor detalle todo lo que nunca habré hecho. He ido hasta el fondo de lo virtual.”

… y así podríamos estar un mes.

jueves, 7 de febrero de 2008

HistoriaS del ocaso: "Estallones"

Ya os he comentado en alguna ocasión que creo que mis opiniones sobre la antimateria política, adolecen, entre otros muchos inconvenientes, de una evidente tendencia a la exageración, tendencia propia, por otro lado, de quien las escribe. También creo que dicha exageración es más una cuestión formal que de fondo. No afecta tanto a mis ideas, que podrán resultar equivocadas, estrafalarias, infundadas, pueriles, y a veces, hasta acertadas, como a mi manera de expresarlas, ésa sí, poco clara muchas veces y otras, un tanto exagerada. También he comentado que la exageración me parece en muchos casos válida para poner el acento sobre determinado asunto. Como los ornitólogos. Entre ellos, tienen mayor predicación las guías de aves en las que se representan a éstas en magníficos dibujos a todo color, que aquellas otras en las que salen fotografiadas. En el dibujo de cada pájaro se resaltan los signos distintivos de cada especie, género o lo que sea, para así distinguirlo con mayor facilidad de los demás. Digamos que se exageran un poco determinadas características para facilitar así su identificación y conocimiento. Pues eso.

Pero es que creo que a veces me quedo corto cuando hablo de estos persoeiros: políticos y analistas… Estaba tan tranquilo el otro día, haciendo un poco de zapping cuando, Oh Señor!!, me topé con un debate en la TVG. De noche. Para iniciados, pensé… o para iniciar a los no iniciados en el zoquetismo politizante. Me picó la curiosidad y lo dejé un rato. Tres invitados: dos primeras espadas galaicas del comentario y un político estaban presentes, aderezado todo ello por una moderadora. Teníamos por un lado a Roberto Blanco Valdés (Profesor en la facultad de derecho de Santiago y columnista de La Voz de Galicia), Antón Losada (tengo entendido que ex-algo en el actual gobierno) y al celebérrimo Xosé Luis Barreiro Rivas (Ex parlamentario, y también columnista en La Voz). En escasos segundos, no me digáis cómo, se las arreglaron para hacer un simplista y atragantado recorrido por el conjunto de lugares comunes que caracterizan esto de la antimateria. Aquello apestaba a “surro”… y la voz de sus amos resultaba una presencia omnímoda. Es que no me lo podía creer… el paroxismo llegó cuando, tras llevar aproximadamente dos minutos viendo el debate (por llamarlo de alguna manera), Antón Losada YA había mencionado… NO, me voy a controlar y por puro sentido de la estética no os voy a escribir lo que dijo, pero tener claro que era una mega – frase – alusión – chochez en plan parvulitos con la que casi estornudo la cena. Encima, el aludido geniecillo, acompañó tal luminaria con una expresión facial indescriptible, propia de quien no ha pensado individualmente ni un solo segundo de su triste vida y a quien su mentor, tan ignorante o más que él, ha convencido de que tal chorrada es un razonamiento brillante y que debe estar orgulloso del mismo pues, tan pronto lo recite, una halo de sorpresa, jubilo y veneración se extenderá entre sus oyentes. Vaya tropa. Esta gente, la pobre, aún no salió de la caverna. Y si por un despiste lo hicieron fue para meterse en una trinchera o en un presbiterio. Lo único que saben hacer es repetir como corderitos los mantras, salves y oraciones que sus líderes espirituales, digo políticos, les han enseñado, y disparar a cualquiera que se salga un milímetro del discurso preestablecido que repiten de carrerilla, con los ojos en blanco y, más de uno, casi levitando, poseído por el éxtasis. Son un canto al seguidismo, a la falta de criterio, a la criminalización del que no esté de acuerdo con su dogma, a la vulgaridad… Siempre igual. Qué aburrimiento. Ya no esperé otra intervención. Cambié por mantener un poco de higiene mental y como un poseso busqué un programa de prensa rosa en dónde escuchar algo con un mínimo de sentido.

…Me siento solo. Snif, snif… nadar contra corriente, he de reconocerlo, es agotador. Cuando veo las caras de interés y de adocenado servilismo con que tantos de mis congéneres leen sus periódicos o escuchan algún debate sobre la antimateria, en otras palabras: cuando van a clases de catecismo, he llegado a intuir, agitándose en mis entrañas, la tentación del dejarse llevar por la corriente. De perder el mando sobre mis rumbos de opinión y pasar a viajar, cómodamente instalado, con esfuerzo mental cero, rebosante de autocomplacencia e inmovilismo de espíritu, en alguno de los inmensos cardúmenes de descerebrados, idiotas y lacayos de la voz de su amo que surcan nuestros atestados mares. Pero no, cada uno es como es, y, ante tal visión, saco fuerzas de donde sea y agito, como una avioneta, brazos y pies, alcanzando velocidades de vértigo con las que sigo mi itinerario, a costa, eso sí, de cierto desgaste centrífugo.

En la borrachera de mis monólogos sobre el Ocaso, alguna de las chorradas que suelto me parece tan de cajón, pero tanto, tanto, que no me explico como sigo nadando yo solito. Cómo es posible que ni en periódicos, o teles, o Internet, o donde sea… no me tope con algún que otro compañero. Es que le invitaría una cena… Porque os aseguro que aunque vaya por libre en esto, sigo echando un vistazo a la prensa y escucho a los opinadores. Y dios bendito, siempre la misma mierda. Revolcones y revolcones de estupidez y demagogia. Qué tíos. Siempre se critica que ciertas pelis, en concreto las “americanadas” que todos hemos visto y ninguno reconocemos haberlo hecho, son predecibles, vulgares y tramposas. Pero lo de los políticos y medios de masas supera con mucho a lo del cine. Nuestros políticos son como Stallones o Van Dammes, Chuck Norrises o Steven Seagals, y VOSOTROS sois unos auténticos mentecatos, que les reís sus penosas piruetas de machacas, os tomáis en serio sus simplistas argumentos, los convertís en el centro de vuestras opiniones y motivaciones sociales, vais religiosamente al cine a ver siempre la misma mierda de peli, y si algún pobre hombre dice que le gusta Ingmar Bergman, lo acusáis y señaláis, llenos de la seguridad que sentís en medio de vuestros semejantes, alienados y estúpidos compañeros-camaradas… Como podéis comprobar, a mi ya reconocida tendencia a la exageración, a base de nadar en solitario, con lo que de frustrante puede llegar a tener tal actividad, se empieza a unir cierto rabioso radicalismo… esto promete. Porque para estas cosas soy más de reflexión que de acción, que, si no, me veía blandiendo espadas justiciantes, dispuesto a extirpar sin anestesia de ningún tipo los males que nos acechan… De aquí al pasamontañas hay un paso. Veremos cómo administro las distancias.

Pero abandonemos por un momento la bilis y volvamos a la senda de los argumentos. Cualquiera de estos geniecillos del comentario y análisis político, como cualquiera de sus totémicos líderes, esgrimen compulsivamente sus cuatro mantras de siempre. De varios ya hemos hablado. Y es bien triste que, siendo escasos cuatro o cinco alienantes y demagógicos salmos, ni siquiera los entiendan, o, por lo menos, los utilicen con cierta gracia o brillantez. Pero ni eso. Vulgaridad a espuertas. La ensalada que tienen montada en su áridas cabecitas, con principios y fines, medios y propósitos, es descomunal. Antológica. La religiosa sumisión que, ante determinadas palabras o frases hechas, siente esta tropa, es, como mínimo, feudal, medieval, aunque yo soy más partidario de localizarla temporalmente entre el paso del cuadrúpedo al bípedo, justo cuando nuestras extremidades superiores empezaron a soltar las ramas. Para la caverna aún faltaban milenios, lo mismo que para el pensamiento abstracto. Ya os he hablado de su sin igual confusión entre democracia y estado de derecho. Auténtica filigrana de la ignorancia. Pero hoy quiero seguir profundizando en su catecismo. Otra de esas salmódicas palabrejas que escupen a favor de si mismos y en contra de sus rivales es la “coherencia” o, en su caso, su falta, esto es: la “incoherencia”. Y lo sorprendente de esto es que, en este caso, como en el de la democracia, tampoco saben lo que quiere decir.

Pocas cosas me hacen sentir más vergüenza ajena que toparme con alguien que me diga, como frecuentemente hacen nuestros cabecillas: “Ante todo, soy un demócrata”. Mi madre, qué medo, es que no puedo evitar ruborizarme. Ni sabe de qué está hablando. Si a continuación adereza este bochornoso salmo inicial con otra de las cuatro perlas que se han aprendido de memoria, por ejemplo, la que os anunciaba arriba: “y si hay algo que no tolero es la falta de coherencia”, yo, ante la seguridad de tener delante de mis narices a un estúpido redomado, escapo corriendo, y que lo aguante su madre.

Fiel a mis tics de aficionadillo, recurriré ahora a la exageración para aclararles a nuestros líderes que la coherencia, bella palabra con la que gustan adornarse, no es más que otro hueco trapito con el que no nos dicen nada. Estos tipejos que, para calificarse y justificarse, recurren a su irreductible “coherencia”, podrían acabar su frase, en aras a la claridad, con algún comparativo que nos ayudaría a todos, y en especial a ellos, a darnos cuenta de su supina ignorancia, de su inferioridad mental. Porque si nos queremos hacer entender sería mejor así: En vez de decir, soy guapo, o rápido o buen escritor, podemos decir: soy tan guapo como Paul Newman, soy tan rápido como Carl Lewis, soy tan buen escritor como J.L. Borges. Mucho mejor. Y eso de decir soy coherente, es vacío, tramposo y asquerosamente simplista, si lo comparamos con el comparativo equivalente a los anteriores. Tendríamos así, soy tan coherente como Adolfo Hitler. Aaachisss, te has vuelto loco hermano? Este nefasto personaje es a la coherencia, lo que Newman, Lewis o Borges son a la belleza, la velocidad o la literatura.

Por definición, término relativo dónde los haya, la manida coherencia lo será siempre en relación a algo. Mucho más objetivados, aunque siempre dentro de unos evidentes límites, están la belleza o la velocidad. Pero en el caso de la coherencia no hay ni para discutir. Coherente (con sus ideas, apetencias, vicios o virtudes, manías, motivaciones sociopolíticas, defectos, etc., etc.) puede ser hasta el mayor asesino de masas o violador, como, de hecho, lo son. Como faltos de coherencia fueron casi el cien por cien de las personas que hicieron avanzar históricamente a la sociedad. Y lo seguirán siendo. En este asunto, el ejemplo de Hitler es palmario. Convencido y adepto a las teorías pseudo - biológicas que interpretaban y estudiaban el desarrollo de sociedades y culturas como organismo vivos, en su enferma mente estaba fuertemente arraigado el tremebundo y escalofriante principio de la superioridad natural de determinada “raza”, que, como tal, debía imponerse a las demás, por pura ley natural. Poco conocido es el hecho de que, aunque desde un principio estaba seguro de la superioridad de los denominados arios, admitía que los eslavos le podían arrebatar el cetro biológico, por lo que el enfrentamiento por la supremacía racial se daría con ellos. Coherentemente, lanzo a sus fagocitos y leucocitos a batirse con todo tipo de virus. Mientras tanto a los más débiles o desamparados (judios, gitanos, inadaptados, dementes, etc.) los iban eliminando asépticamente, pues con ellos no iba el tema, no contaban. Y llegó el día en que los eslavos, haciendo reales las sospechas de este jamao, le demostraron que eran más fuertes y resistentes que los arios. En resumidas cuentas, para él, eran superiores, lo estaban demostrando. Ni siquiera ahí soltó las bridas de la coherencia sobre la que cabalgaba sin control, sino que, siendo una cuestión de supremacía, y habiendo demostrado la raza eslava su superioridad, el combate debía finalizar con la desaparición del débil, fin desde un principio perseguido de manera voraz y famélica. Pero ahora los débiles eran los arios. De esta manera, alargó de manera suicida una guerra desde hacía tiempo perdida, siendo ahora la principal victima de su mente enferma sus propias huestes, claramente inferiores a sus rivales y exprimidas ahora hasta la cervical por la coherencia de su guía. A ver quién coño discute la coherencia de este individuo.

Cuando alguno de nuestros guías, llenándose la boca hasta babear, empieza con eso del “soy ante todo demócrata y mi vida pública es un canto a la coherencia”, me gustaría hacerle dos preguntas y luego pedirle un favor a unos amigos:

Las preguntas, tan simples y tramposas como mi interlocutor, las puede imaginar cualquiera: ¿Te refieres a que eres tan demócrata como lo son en esos países donde “democráticamente” lapidan a las mujeres por mantener algún toqueteo con un hombre casado? Aquí nuestro amigo empezaría con sus mantras, miraría al cielo y nos diría que el blanco es negro… Pero perdona, tenía una segunda pregunta para que me iluminases: ¿Te consideras, más o menos coherente que Adolf? Llegados a este punto, a mí me llevarían preso, no pasa nada, y nuestro líder, sin entender de qué le hablan, estaría convencido de que delante tenía a un loco, repetiría para sus adentros, mecánicamente, las cuatro chocheces sobre las que gira su desnatada vida intelectual y hasta sentiría pena y condescendencia al comprobar lo mal que está la gente. Algo tenemos que hacer, pensaría. Hay que darles un futuro a estos chicos…

Es el momento del favor y de los amigos. Debemos despejarle la mente al representante del “establishment” y nada mejor que contar para ello con la colaboración de mis buddies, Evander (Holyfield) y Mike (Tison). Imaginaros ese “croché” directo al mentón del persoeiro, la perpleja mirada de no entender nada. Tras dar un paso atrás, desequilibrado, un salvaje uno – dos a los riles. Primeras lágrimas, farfulleos, desamparo… Ya veríais como se hacía la claridad en su mentecita. Pero bueno, basta de ensoñaciones, que me distraen, y a seguir nadando contra corriente, solo, … Uy, ¿no seré yo también un coherente?... ave maría purísima, lo que me faltaba.
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