lunes, 24 de diciembre de 2007

Un itinerario abstracto

Hace poco, consultando en internet determinado asunto, me topé con una web en la que alguien resumía en escasas cuartillas la historia de determinado movimiento artístico. Aquello era un cúmulo de despropósitos. Guiado por la generosidad podía haber pensado que nuestro incógnito enciclopedista se estaba tomando a guasa su cometido, y adrede hacía una pantomima de desorientada erudición. La verdad es que, aunque me gustaría pensar que ello era así, me temo que no. Qué desvergüenza la del erudito aquel. Realmente no sabía de lo que estaba hablando.

Esta cuestión, hablar de algo sin tener pajolera idea, la he comentado con varios amigos en alguna ocasión. De siempre me ha dado un tremendo respeto eso de ponerme a hablar sobre cualquier cosa que no fuesen las estupideces, o los dos o tres asuntillos que a uno le podían más o menos sonar. Pero desde que empecé con el diarioprueba he sido testigo de un preocupante cambio. Hace unos meses jamás me habría creído tan desvergonzado como para ponerme a escribir sobre libros, escritores o algún que otro asunto sobre el que largo ahora sin piedad, como si supiese de lo que hablo. En mi descargo he de indicar que, con independencia de varias cuestiones subjetivas e intimantes que han tenido cabida hasta ahora en el experimento éste, y que quedarían al margen, con respeto a los demás contenidos del diarioprueba, por lo menos intento dar cierto criterio a lo escrito, no hacerlo por llenar folios. Que lo consiga, ya es otra cosa. Sinceramente creo que no. Que mi propósito sea bueno y que intente reflejar de manera amena, sin cinismos ni poses para la galería, mis gustos, opiniones y obsesiones varias, aunque creo que como método resulta válido e interesante, no evita, sin embargo, que el resultado final deje tanto que desear.

Pero de perdidos al río… y es que ahora me voy a poner a largar sobre cosas que, sin contrastar dato alguno, ni consultar fuentes, y desconociéndolo casi todo sobre ellas se me da por pensar, caprichosamente, que son como a mi me gustaría que fuesen. Esto es como si, tras oír unos cuantos Cds, decimos que el mayor exponente del Heavy Ochentero es Pimpinela. Y nos quedamos tan tranquilos. Por cierto, lo de la web de que os hablo arriba, esa que me impulsa a seguir la calamitosa senda de la desvergüenza virtual, era algo comparable con este penoso comentario. Increíble.

Desconozco si existe algún movimiento literario denominado “abstracto” o “literatura abstracta”. Si no lo hay, lo acabo de proponer. Si lo hay, lo voy a redefinir, sin importarme, y desconociendo, su actual acepción. Requisito previo para pasarse de listo quince pueblos, como estoy haciendo ahora, es no haberse topado jamás con tal definición (nunca lo he hecho), ni haberse puesto, antes de escribir esta entrega, a consultar en libros, enciclopedias o internet (tampoco lo he hecho).

Cumplidas esas básicas premisas, haciendo caso de determinadas lecturas y alguna que otra infundada idea que me ronda la cabeza, pero, sobre todo, dejándome llevar por el marcado y acentuado favoritismo que siento por ciertos personajes, os voy a trazar un recomendabilísimo itinerario por la “abstracción escrita”, como podréis observar, barriendo descaradamente para casa. Aunque parezca una contradicción, que lo será, o no, porque no lo sé, os voy a hablar de las palabras que no quieren decir nada. Como si leyéramos un idioma desconocido, en el que no reconocemos ni los signos. Hay ciertos escritores, hermanados como por casualidad por un idioma común, que tienen esa asombrosa capacidad de abstracción literaria. Ellos más que ninguno otro. Única, rara e indefinible. Hölderlin y Celan. Sin llegar a esas alturas de vértigo, pero tocado también por la varita mágica, Georg Trakl. Los tres son capaces de hacernos olvidar que las palabras están llenas de significados y contenido, y deslumbrarnos con su capacidad para, abstrayéndose de cualquier referencia a sujetos, objetos o realidades de cualquier índole, ya sea física o espiritual, deslumbrarnos con algo más, distinto, armonioso, indefinible pero fácilmente perceptible.

Y realmente no me parece casual que los tres escribieran en alemán. Aunque siempre hay un poco, o un mucho, de injusticia en este tipo de generalizaciones, podemos a veces identificar determinados rasgos como propios o característicos de ciertos colectivos, naciones, idiomas, etc. A cualquiera se le ocurren recurrentes adjetivos si nos preguntan por Francia, por el inglés, o por si nosotros subimos o bajamos. Podemos a grandes rasgos distinguir entre una tendencia de puertas afuera, superficial (dicho esto en el buen sentido de la palabra), alegre, estética, extrovertida, en contraposición a esa otra tendencia de puertas adentro, introvertida, obsesiva. La una, simplificando, la podríamos identificar con el mediterráneo y la otra con el norte de Europa. Eso de las largas noches bajo cero, la falta de luz, el estar metido en casa tiritando, dándole a la materia gris y a la ginebra, no puede ser sano. Fruto de esas obsesiones propias del germánico norte, los resultados obtenidos a veces son geniales, pensemos en la música, otras son penosos, ejemplos sobran, y otras son las dos cosas a la vez, según a quien se le pregunte, pero en cualquier caso, resultados exagerados, sesudos y densos. Pensemos, por ejemplo, en toda la metafísica y filosofía alemana. Estos tíos no conocen ni las medias tintas ni el diletantismo, ni la siesta ni la dolce farniente. Qué faena.

En esta tesitura, en lo que a literatura se refiere, tengo más que comprobado que la tan marcada tendencia que en Alemania y el alemán se dio a profundizar, analizar, escarbar y desmenuzar cualquier asunto, ha dado como resultado todo lo contrario. En el extremo de lo concreto y analítico, de tanto que se obsesionaron con ello, pasándose de rosca, se toparon con la abstracción pura y dura, sin referente en lo concreto, en lo tangible, puro estado gaseoso, musical. Acojonante. Basta con atreverse, por pura curiosidad, con cualquier vaca sagrada de la metafísica o filosofía teutona para sacar en limpio que no se entiende nada. De tantas vueltas que le dan, cada cual más obsesivo-desmenuzadora-profundizadora, se queda uno perplejo. Es como cuando de tanto acercarnos una foto a los ojos, la imagen se empieza a desenfocar y deformar. Con estos teutones de antaño, que crearon escuela, para que negarlo, lo que es entender, ni pío. Pero eso no quiere decir nada más que eso: que no se entiende. Punto. ¿Y quien puede decir que “entiende” un paisaje, o la música? Evidentemente, a mí Schopenhauer no me parece ni un paisaje ni musical. No digo lo mismo del único libro que leí de Nieztsche, “Así habló Zarathustra”. Como ya os comenté en otra entrega del diarioprueba, entender no entendí nada, pero me gustó. Sin duda. Este individuo es otro eslabón fundamental en la génesis y consolidación del movimiento abstracto literario. Pero volvamos a donde estábamos. Es durante esos siglos de pensante ilustración, cuando se empiezan a dar los primeros pasos, verdaderos palos de ciego, hacia la meta que ahora trato: la abstracción literaria. Sabido es que los extremos se tocan. Perdidos estos teutones en la obsesión por lo concreto llegaron a lo genérico. Empeñados en desmenuzar el tiempo, fraccionando el segundo en mil millones de partes, llegaron al infinito. Y es esa tendencia nacional a la obsesión elucubradora, canalizada durante siglos en lengua alemana, lo que bajo mi punto de vista hace de dicha lengua el idioma propio para la abstracción, como el meloso francés lo puede ser para la lisonja y el natural y desbordante castellano para el exabrupto.

Tras los primeros e involuntarios pasos en la senda de la abstracción literaria, que, sin querer, toda la pléyade de filósofos alemanes fueron dando, llegamos a un momento clave cuando el romanticismo, sus fatalidades y hondos pesares se abaten sin piedad sobre las almas sensibles. En ese instante, el campo ya estaba totalmente abonado. Solo faltaba un elegido, un médium que plasmara en el papel ese punto de inflexión, radical: desvestir a la palabra de su contenido. Y ese individuo fue Friedrich Hölderlin. Aunque hordas de estudiosos se empeñan en dar cientos de explicaciones lógicas y no lógicas a las frases de Hölderlin, ello me parece un craso error. Es intentar analizarlo con una óptica equivocada, opaca. Que nunca acertará en el blanco. Este señor, único, distinto, débil mental, demente desde los treinta, encerrado cuarenta años en una torre en Tübingen dónde vivía de la caridad y bondad de un admirador que, pese a su locura, lo apreciaba sinceramente, fue capaz de dar ese gran paso: No decir nada, ser ininteligible, pero hipnotizar con su escritura, pura música, pura sensación, puro todo y nada, paisaje infinito. De la torre, a sus paseos por el río, y de ahí, a la torre. Cuarenta años así, ido. Ahí queda eso.

Mi admirado E. M. Cioran, fiel a su estilo aforístico, críptico y pesimista lo describe con inusitada claridad en sus “Silogismos de la amargura”: “La capacidad de aguante de los alemanes no tiene límites; y ello hasta en la locura: Nietzsche soportó la suya once años, Hölderlin cuarenta.”

Pasó el tiempo y el testigo es tomado con vigor. Nos encontramos con el cenit, para mi gusto insuperable, de este fenómeno: Paul Celan. Excepcional. De otro mundo. Un genio absoluto. A mucha distancia de cualquier otro. Siendo Celan incomparable, no deja de ser cierto que por el mismo camino, nuevo y desconocido, deambuló también Georg Trakl. A los siglos de obsesión metafísica, de desánimo y afectación romántica ellos tuvieron que añadir en su bagaje, Trakl, el desmadre del estallido de la primera guerra mundial y alguna que otra visita al manicomio y Celan, el no va más de la segunda, campos de concentración, exterminio y sabe dios cuanto más. Ambos atajaron. Trakl a la segunda, con una sobredosis en 1914, dejando con la palabra en la boca, desgarrado por el dolor, tras meses de vanos intentos por encontrarse con él, a su íntimo, Ludwig Wittgenstein. Celan, por su parte, con un libro de Hölderlin abierto en su escritorio, salió de su casa y se tiró al Sena en 1970, aún indefenso ante el horror que había vivido veinticinco años antes. Los tres merecen la pena. Ellos y sus libros. Sus vidas y sus vivencias. En Hölderlin os encontraréis con la sumo y lo abstracto, lo incomprensible, no en la poesía, como en principio podría parecer, sino en su Hyperión y en sus repetidas, enfermizas y nunca definitivas versiones de Empédocles. De Trakl y Celan llega con acercarse a sus poemas para cagarse por la patinbaixo, y no entender por qué. Ánimo

Índice de fotografías:

1.- Georg Trakl; 2.- Friedrich Hölderlin; 3.- Paul Celan; 4.- Tübingen, camino por el río, transitado a diario por Hölderlin; 5.- Tübingen, escaleras que comunicaban la casa dónde vivía el poeta (propiedad del ebanista Zimmer) con el río; 6.- Tübingen, habitación de Hölderlin; 7.- Tübingen, torre de Hölderlin en la casa del ebanista Zimmer; 8.- Tübingen, tumba del poeta; 8.- Tübingen, la torre de Hölderlin hoy.

sábado, 15 de diciembre de 2007

HistoriaS del ocaso

Da para tanto la cuestión ésta que, introduciendo una pequeña variante en el viejo enunciado, he encontrado la disculpa perfecta para volver sobre mis queridos amigos: los políticos y sus desnortados votantes, los analistas políticos y sus cencerriles lectores, todos ellos sustitutos, cuando no reencarnaciones, de trasnochadas y embrutecedoras figuras de otros tiempos.

Tras el empacho que supusieron las dos entregas anteriores del Ocaso, he recuperado el ánimo necesario para hacer frente a tan infeccioso asunto, en relación al cual, os he de reconocer, no doy crédito ante los diarios y espasmódicos brotes de fiebre colectiva producidos en ese rimbombante cultivo macro-biológico de políticos, medios e involucrados varios. Vaya panorama.

Estando próximas unas elecciones generales el espectáculo, ya de por sí surrealista, adquiere tintes grotescos, como de “cine de barrio”. Pero bueno, vasta de rodeos y vayamos entrando en antimateria.

Hace unos meses acababa mi confuso monólogo sobre la broza política que todo lo embadurna con un pequeño resumen, bastante inocente por mi parte, con el que pretendía sintetizar lo que durante horas había escrito. No estando en mi ánimo volver sobre mis pasos para repetirme una y otra vez, me remito a dicho resumen, o, para quien tenga ganas de marearse sin remisión, a las entregas completas sobre el ocaso no anunciado.

A pesar de lo anterior, para que tengáis claro que aquello no fue flor de un día, ni arrebato pasajero, ni licencia de primavera, os quiero aclarar que sigo igual de convencido, sino más, en cuanto a que todo este asunto es una gran tomadura de pelo, en la que en mayor o menor medida participamos todos, vosotros y yo, que nuestras clases dirigentes viven de las rentas del pasado y de la miopía general que han sabido inocular en todos nosotros, miopía voluntariamente aceptada por nosotros, llenos de presunciones y vanidades en las que nos encanta creer para auto-convencernos de la importancia de nuestras opiniones, elevando a los altares un sobadísimo y deformado principio democrático, que en la actualidad no es más que una caricatura y mala copia de lo que debería ser uno de los elementos fundamentales sobre los que cualquier sociedad base su avance. Como ya os dije, gracias, entre otros, al sistema democrático hemos llegado al estado de bienestar, con todo lo que ello ha supuesto en derechos y libertades, personales y colectivos. Pero en estos momentos, y en sociedades como la nuestra, con los avances que en derechos e igualdad se han producido, cuando ya nada tenemos que ver con pasados remotos ni cercanos, es el propio sistema democrático tal y como ahora se practica, puro esperpento demagógico, visceral y populista, el freno para que sigamos avanzando hacia mayores cotas de bienestar.

Hace tiempo, tendría diecisiete o dieciocho años, estaba un día escuchando un programa de radio en el que varios contertulios, supongo que todos grandes especialistas y entendidos, discutían sobre un tema que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que en determinado momento, Tip, los hizo callar a todos, perdidos en insustanciales disquisiciones teóricas, pendientes de la anécdota y olvidados de lo principal, para criticar su jactancia y poca claridad. Tomándoselos de coña les dijo que él no necesitaba ser especialista en meteorología para saber por qué motivo llueve en Galicia: “En Galicia llueve porque tiende a llover” No hace falta perderse en milimétricos análisis de isobaras y presiones atmosféricas para saber eso. A veces es recomendable tomar cierta distancia para acertar con una respuesta, no ofuscarse en grandes principios y ostentosas teorías que no hacen más que liarnos y confundirnos.

Y por lo que a los políticos respecta la cosa está más que clara. Olvidémonos del anecdotario y de los sacralizados grandes principios sociopolíticos, en tantos casos frases hechas carentes de contenido. Los políticos son profesionales de la política, trabajadores de la política. Como cualquier otro trabajador “tienden” a conservar su empleo por encima de una y mil cuestiones menores, entre ellas, rumbos, políticas, programas de partido, decisiones trascendentales. Como en cualquier profesión, es un denominador común para cualquier trabajador perteneciente a cualquier categoría profesional el mantener su puesto. Nada más natural, puro principio de conservación. Lo demás, pequeños errores, grandes trampas, desviaciones inadmisibles, moralidades y relativismos, etc., etc., siempre estaremos dispuestos (y que cada uno piense en si mismo cuando es el implicado), a justificarlos y pasarlos por alto, haciendo propósito de enmienda y mejora o, por el contrario, profundizando en el cambio de rumbo aunque éste sea impresentable. Estaremos dispuestos en el primer caso a escabullirnos bajo nuestra falta de experiencia inicial, o un error lo tiene cualquiera, o de algo hay que vivir, o si no lo hago yo lo hará otro, o en el fondo soy bueno, o no volverá a pasar, o peor lo habría hecho el de enfrente, y así hasta el infinito de la auto complacencia y justificación, con las miras puestas en la tan comprensible y ansiada subsistencia. En el segundo caso ni que decir tiene que hay quien se siente plenamente realizado dedicándose a la cafrada al por mayor. En general, y como norma, es indiscutible que en la cúspide de la pirámide está la conservación del puesto de trabajo, del medio de vida y subsistencia. Esto es una regla inamovible, con excepciones, como toda norma, pero excepciones que no hacen más que confirmar su inquebrantable realidad. Y a dicha tendencia a la conservación de lo ya adquirido se someterán, en términos generales, el resto de decisiones que en la esfera de nuestra profesión o actividad laboral tengamos que adoptar. En resumidas cuentas, nadie trabaja para perder su trabajo o empeorar sus condiciones. Los abandonos y renuncias en este sentido existen, por supuesto, pero son mera bagatela en lo que a nosotros interesa.

Este principio de conservación, primario como pocos, de total vigencia en nuestra sociedad, vigencia totalmente justificada, tiene mayor incidencia, tanto en quien lo ejercita, como en su entorno, dependiendo de las características y atribuciones del puesto de trabajo en concreto. Hay puestos cuya pérdida supone para su titular renunciar a mucho más que otros. Y hay puestos en que por sus atribuciones y competencias todos nos podemos ver afectados por las decisiones tomadas. A lo que voy, poco nos deben preocupar las tribulaciones que en este sentido realicen los ornitólogos que se dedican al análisis del vencejo alicorto en las estepas indoeuropeas, pues la incidencia de sus debilidades o integridad no pasan de ser mera anécdota para cualquiera de nosotros y el devenir social. En el polo opuesto estarían ellos, la elite dirigente, sueldos astronómicos, cochazos oficiales, prebendas, privilegios, erótica del poder, tentaciones a la orden del día, adicción al mando, chovinismo, vanidad, apoltronamiento… vamos, las tentaciones de Santo Antonio en estado puro, diamante sin pulir. Eso, en lo que a ellos respecta, subjetivamente hablando. Pero es que además, por su trabajo, decidir hacia dónde vamos y cómo se estructura nuestra sociedad, todos estamos sometidos a sus decisiones, y de sus maniobras para conservar su sitio (hecho ineludible al que todos, como especie, tendemos) dependen en gran medida el deambular histórico de las sociedades. Hay que joderse. Cada cuatro años a estos privilegiados, acostumbrados al caviar y al coche oficial, les renuevan el chollo, y no debe extrañar a nadie que su principal obsesión sea conservarlo. Es que no hay duda, lo demás es secundario. Pensar lo contrario es tan inocente como malicioso. No discuto que entre todos ellos haya quién ponga el 51 % de su dedicación en el mantenimiento del puesto y con el 49 % restante intente hacer lo mejor para la sociedad en la que manda. También habrá quien dedique un 99 % a conservar el puesto y medrar. Lo que es indudable es que como tendencia, a grandes rasgos, el acento está siempre del lado de mantener el puesto adquirido, y dependerá de cada cual que este mantenimiento sea más o menos compatible con el interés general. Pero, en caso de que el interés general y la conservación de la varita de mando entren en contradicción, solo algún jamado que haya llegado hasta tan arriba por despiste o condescendencia de sus famélicos compañeros de profesión optará por el interés general. Los demás, con encuestas en la mano y blablablá se las ingeniaran para convencernos de que lo que es bueno para el interés general no lo es tanto, y que lo importante es que “los del otro bando”, ya sean los que quieren “dividir y fraccionar el estado” OOHH!!, “los herederos de la dictadura”, AAHH!!, o, “los Stalinistas de kermés” UUHH!!, no les usurpen la butaca de “ciertopelo”, por lo menos no antes de que hayan garantizado las rentas de la próximas generaciones de la familia. Como la mafia, igualito. Ahora bien, mientras que a nosotros nos sueltan esos discursos caducos y que, como bien os expliqué en otras entregas, lo único que pretenden es mantener vivos en el subconsciente colectivo miedos y tics sociopolíticos del pasado, viscerales e irracionales, totalmente desfasados y ficticios en la actualidad, pero condición indispensable para que ellos como colectivo privilegiado se mantengan en la brecha mediante su bochornosa liturgia-performance cuatri-anual, nuestros ases del cinismo, con los bolsillos y la vanidad hasta los topes, después de lanzarnos esas alienantes consignas, de las que como sedientos lactantes mamamos sin cesar, no dudan en quitarse la careta de sus respectivos y artificiales bandos ¿¿QUE??, e irse todos juntos en sus coches oficiales a ver a José Tomás, tomar jamón del bueno y a lo mejor cogerse el Jet para ir a cualquier convención en Islas Mauricio ¿¿COMO??. Tras el primer pase del torero, o el primer bocado de Cinco Jotas, o en su primer chapuzón en el Índico a estos tíos (auténticos “profesionales”, no hay duda, virtuosos de la farsa) les debe entrar la risa boba pensando en lo borreguilmente que la gente se toma en serio sus “tonterías” y su vulgar y bochornosa interpretación. Yo de verdad que no me lo puede creer. Y todo este teatro barriobajero, toda esta tomadura de pelo, a cambio de, y justificado por, nuestra pueril vanidad de creernos indispensables, de que cada cuatro años tenemos capacidad de decisión (falso), que nadie nos puede callar (cierto, pero no nos escuchan, que viene a ser lo mismo), que podemos y debemos opinar en la gran fiesta electoral (eso sí, siempre sin salirnos de la estrecha senda por ellos marcada, justificando así su generalizado latrocinio) y que entendemos de todo, ya sea de macroeconomía, como de derecho internacional y organización territorial. En pocas palabras, que nos cabe el estado en la cabeza, como al otro… (Lo dicho, pueril y vanidoso, hasta demencial. Da igual que se trate de la accesión invertida, o de un pivote flotante de hormigón, del desarrollo sostenible, o de lo que sea, todo lo tenemos en las meninges. Vasta con escuchar cualquier conversación entre dos individuos comprometidos con su partido e involucrados en la realidad política de su entorno para dudar de que en las grandes enciclopedias no se concentre ni el 1 % del conocimiento de estos seres elegidos. Yo desde luego me declaro incapaz de dominar tantas facetas del saber… eso está solo al alcance de los fanáticos de la participación. Ellos saben y opninan de todo.)

Volvamos un momento al instinto básico de conservación y subsistencia. Para los políticos conservar el trono pasa, no por hacerlo bien o mal, hasta ahí podíamos llegar, sino por hacerlo “popularmente”, que se note y que, además de notarse, les parezca bien a cuantos más mejor, con lo que ineludiblemente el nivel medio de cualquier asunto, en estas condiciones, acaba descendiendo, por irrefutable ley empírica. Hablando de tendencias, que es de lo que estamos hablando, pensemos en abstracto por un momento: no creo que pasen de cero los políticos dispuestos a sacrificar su carrera personal, cayendo en el olvido, a cambio de acertar con una decisión buenísima para la sociedad, aunque en principio impopular, hecho éste que ineludiblemente conllevaría su destronamiento y posterior olvido. En caso de conflicto entre ambos, nunca ganará el interés general al interés personal del político (o del partido, entiéndase). Como nunca lo mejor ganará a lo popular, por pura definición y estadística. Esas son, con excepciones como en toda regla, las dos tendencias del sistema tal y como está estructurado en la actualidad. La inadmisible prevalencia del interés particular (de la clase política y sus estructuras de partido) sobre el interés general (de la sociedad sobre la que mandan) y la machacona supremacía de lo popular-populista sobre lo adecuado. El principio de oportunidad, respetable y comedido, convertido en oportunismo, acémila y descabellado. Lo demás son monsergas. Habrá momentos de coincidencia entre ambas situaciones, no hay duda, pero a lo que voy yo es a que las líneas maestras, el punto hacia el que tiende el sistema, está claro. En base a ello, creo que medidas deberían tomarse cuanto antes. Todos saldríamos ganando, salvo, claro está, los profesionales de la farsa y la crispación barriobajera, políticos, medios e involucrados varios, quienes tendrían que ir asumiendo que el chollo del siglo se les está acabando. Allá irán el nepotismo, el populismo, los audis gratis, las empresas de los cuñados, las prebendas y favores debidos… y toda la mierda indeleblemente asociada, desde siempre, a este “abuso de la estadística". A partir de aquí, quien ose dudar del dogma, mi caso por ejemplo, y espero que el de muchos más, tendrá que aguantar simplismos-consignas-chocheces del tipo: que si no votas no tienes derecho a opinar ni a quejarte, o que si dices cosas como las que suelto en el diarioprueba, no es crítica ni denuncia de vicios, guiado por un animo de mejora, sino que es que quiero volver al pasado de injusticias y que soy un dictador en potencia. O que, está bien, el sistema es mejorable, pero qué solución aportas, porque si no, es mejor que te calles… vamos, como si teniendo cáncer y no habiendo cura, es mejor decir que la salud es inmejorable, para qué complicarse, estando desahuciado… el caso es que este cáncer es de los que se pueden curar (tiempo al tiempo, y políticos: auf wiedersehen) aunque la metástasis es colosal.

Voy a hacer un pequeño descanso antes de introducirme en otro apasionante tema: al inicio he hablado de “cencerriles lectores” y os explicaré a quiénes me refiero. Me dirigiré a esos iluminados devoradores de información, pues parten de una premisa falsa y tramposa, que vicia todo el inexistente proceso de información y formación de sus conciencias y criterios. Dicha trampa, ejercitada disimuladamente por una aplastante mayoría, solo será reconocida por unos pocos, quienes sin duda, desde ese día, avanzarán por un nuevo camino. Los demás, presumiendo a diario de lo bien informados que están, de la diversidad y autonomía de sus fuentes, de lo loable de sus principios y de lo independiente de su formación y criterio, no serán más que simples farsantes, auténticos lacayos de unas siglas o una cabecera.

También me detendré en varios llamativos asuntos, todos ellos “HistoriaS de un ocaso no anunciado”. Entretenidísimo. Os emplazo para las próximas entregas, salvo que antes una banda de demócratas me dé el pasaporte…

miércoles, 5 de diciembre de 2007

MonogrÁficos IV (Artesanos de la imagen)

Como bien sabéis todos, desde hace tiempo tenemos un PC únicamente dedicado, en cuerpo y alma, 24 horas al día, a que el firmamento, en todas sus variantes, descienda al acogedor y entrañable disco duro que a tales efectos hemos dispuesto (mi agradecimiento a Ramón y Rodri, que pacientemente me han asesorado sobre cómo optimizar el rendimiento y prestaciones de nuestra casera instalación de observación catódica). Debido a ello, ante las posibilidades infinitas que nos ofrece, hemos visto bastantes pelis en este último año. Y con orgullo he de reconocer que nada de broza, bajando por bajar, sino que verdaderas delicatessen, bocados que paladear cómodamente sentados en el sofá, en esos días desapacibles que tanto fomentan el sillónball.

Picados por la curiosidad, mucho nos hemos reído leyendo supuestas críticas, casi siempre sesudas y repelentes, llenas de lugares comunes y carentes de toda gracia, sobre todo en periódicos, pero también en alguna revista especializada. Resultado de todo ello es una lista de coletillas de entendido, sobre las que, con insistente automaticidad, caen una y otra vez los profesionales de la crítica cinematogrÁfica. Coletillas con las que nos desternillamos cada vez que alguien recurre a ellas, ya sea en la Tele o en la prensa escrita, o, inclusive contagiados, se nos escapan a nosotros. Proponemos ahora que a dicha lista se añadan dos nuevas pedantes y proselitistas referencias: “Artesano de la imagen” y “Poema visual”. Y ello si es que no están ya inventadas, que me imagino que sí. Podríamos añadirlas, como nuevas “categoría” o “marca” de crítico a tantas otras, cada cual mas graciosa: Drama generacional, Biopic, Cine protesta, Western crepuscular (mi favorita), Duelo interpretativo, Docu-drama, Saga familiar, Film coral, sobre las que, “a ver si me entiendes”, “ya te digo”, “que duda cabe” tropiezan, rayando la comicidad, los profesionales de la crítica. Qué tíos.

El caso es que las nuevas categorías propuestas nos valen para, colándonos en campos ajenos, y usurpando competencias extrañas, con descarado intrusismo, presentar una selección de obras maestras, en las que la imagen “brilla con voz propia” debido al “saber hacer” de su directores, verdaderos “artesanos de la imagen” que con sus “ilimitados recursos” y una “paleta de colores y matices sin igual” consiguen tan logrados “poemas visuales”. Fuera coñas, las pelis que os presento son cantosas, en ellas sobran los argumentos y guiones porque sus imágenes tienen tal “fuerza y empaque” que da igual verlas en otro idioma o con el volumen a cero. Impresionantes.















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