martes, 16 de octubre de 2007

Feis(i)mo

Dios bendito. Lo que tuve que aguantar el otro día mientras un representante de la administración se empeñaba en realizar, a lo largo de unos interminables y bochornosos 35 minutos, un ejercicio de pedagogía conmigo. Su madre…

El ejercicio de este pedagogo vocacional, cual Pestalozzi moderno, tenía como finalidad última, justificar con criterios no legales, digamos embellecedores y cuasi decorativos, lo que no era más que una decisión estrictamente legal, cuyo contenido dependía exclusivamente de la correcta interpretación de una norma, taxativa y claramente delimitada, siendo su sentido indudable e inequívoco, a diferencia de otras muchas normas en las que por su espíritu, contexto o finalidad la interpretación es más abierta. Para los afortunados que de derecho no sepáis más que de izquierdo, os pondré un ejemplo para que tengáis una elemental idea del tipo de diferencias de que estoy hablando:

Una norma puede decir que se es mayor de edad cuando se hayan cumplido los dieciocho años. E indicar asimismo que, a estos efectos, se entenderán cumplidos desde las cero horas del día del decimoctavo cumpleaños. Como veis, la cosa está clara, y con la presentación del DNI y comprobación de la edad poco más habría que discutir.

Sin embargo, la norma puede decir, en cambio, que se será mayor de edad cuando se tenga suficiente entendimiento y capacidad para desempeñar las funciones elementales de una vida independiente. ¿Perdón, habla conmigo?... En este caso, para determinar la mayoría de edad no basta con la comprobación de un dato objetivo (en este caso la edad), sino que habría que definir en qué consisten el “entendimiento y capacidad suficiente”, al igual que “una vida independiente”, para después, caso por caso, determinar si el sujeto en cuestión se encuentra comprendido dentro de los parámetros previamente definidos. Ambos sistemas tiene sus pros y sus contras, unos se decantan por el principio de seguridad jurídica y otros por el de justicia… pero con esto no os voy a marear.

Estábamos con el pedagogo vocacional. La norma sobre la que departíamos era de las del primer tipo, de esas en las que de su simple lectura, unida ésta a la confrontación de un irrefutable elemento fáctico, obtenemos una respuesta clara y diáfana. Y el tío venga a soltar pseudo justificaciones para intentar embellecer o pulir lo que no era más que una clamorosa y, a todas luces legal, injusticia. Estuve a punto de decirle algo. Pero no lo hice… lo hago ahora, aunque en vez de desahogarme aburriéndoos con los pormenores del caso concreto, lo voy a hacer dando el coñazo sobre el tema en general: el ahora denominado “Feismo”, o, como se dice en mi zona, los “Adeficios” en general.

Hasta hace bien poco, antes justo de que en todos los medios de incomunicación se empezase a dar la tabarra con el aludido asunto, a la par que los políticos, después de años y años de inoperancia (cuando no connivencia) a todas luces dolosa y culpable, comenzaran a alzar la voz como defensores de un nuevo y mareante decálogo estético con el que intentar hacer olvidar sus tropelías pasadas, yo, os decía, no había pensado en el asunto prácticamente nada. Tan solo tenía la opinión de que a Galicia “se” la habían cargado. Ahora tengo otra opinión, similar a la anterior, pero con un pequeño matiz que más adelante os revelaré. Y continúo. En el anterior “se” yo englobaba a las “fuerzas vivas”: políticos, promotores, especuladores, etc como principales agentes causantes de la desaparición del buen gusto y del surgimiento y consolidación de la ignominiosa dictadura del hormigón y del ladrillo imperante en estos lares y que hasta la fecha ha reducido a escasas y limitadas excepciones, lo que antes era una norma, a saber, la belleza y armoniosidad de nuestros pueblos, ciudades y aldeas. A estas fuerzas vivas, yo, en mi simpleza, las identificaba con cuasi marcianos, extraterrestres todopoderosos, contra los que nosotros, pobres victimas, nada podíamos hacer. Creía que eran usurpadores, ajenos, advenedizos, extraños a nosotros. A pesar de ello, de su irresistible fuerza y maldad, desde un principio pensé que aquellos individuos se habían aprovechado de un contexto concreto, que les había facilitado las cosas. Dicho contexto no era otro que ese conjunto de factores que tantos y tantos salvadores de la patria nos han repetido hasta la saciedad: que si la pobreza, la emigración, el analfabetismo, la posguerra, la opresión, el centralismo, blablabla. En la sistemática aniquilación de los buenos usos constructivos, que tales individuos llevaron a cabo, yo pensaba que habían cooperado de manera determinante y sine qua non los indicados elementos, definidores de nuestra realidad en los últimos cincuenta años, siempre según nuestros avezados representantes. Ahora sé que, además de los extraterrestres, y antes que cualquier otro elemento altisonante de esos que acabo de citar y que gustan enarbolar los políticos, siempre con un desagradable deje autocomplaciente y victimista, el otro factor determinante en el estropicio llevado a cabo en los últimos años, somos nosotros. A Galicia no “se” la han cargado, “nos” la hemos cargado. Es tal el canto de sirena de nuestros dirigentes en general, con independencia de color y siglas, que estamos convencidos a pies juntillas de que hemos sido maltratados, que todos los demás, extraterrestres incluidos, son los únicos culpables y, por lo tanto, deudores de nosotros por las tropelías realizadas y que nosotros, pobres victimas, pueblo ofendido y magullado, no hemos tenido ni la más tenue brizna de culpa en el monumental desaguisado estético-urbanístico que ha “asolagado” nuestro verde valle. Cuánta autocomplacencia, cuánto victimismo.

En la constatación, bajo mi punto de vista irrefutable, de la responsabilidad que como colectivo nos corresponde en el indicado desaguisado, desempeña un papel fundamental la comparación con nuestros semejantes, valorando los contextos de aquellos y sus semejanzas con los nuestros. En relación con el conjunto de elementos antes citados, que según nuestros lideres y patriotas varios, resumen las características de nuestra sociedad en los últimos años, hemos de reconocer que en todo momento el victimismo por un lado, y la autocomplacencia por otro, actúan como pomada tópica que debe justificar y exonerar de culpa cualquier calamitosa actuación de nosotros como colectivo. En resumen, por muchas trastadas que hagamos, siempre será culpa de otro, pues oh!, Galicia vilipendiada, tierra sufridora entre las sufridoras, campo arrasado por las llamas de la pobreza, la emigración, el analfabetismo, la posguerra, la opresión, el centralismo, blablabla… Esto, que en cierta medida sí que es cierto, pues todas las variables que enumero han actuado sobre nuestra sociedad en las últimas décadas, algunas con marcada virulencia, otras mucho menos, no vale como burda disculpa para hacer responsables de la hecatombe estético-urbanística que padecemos a todos menos a nosotros. Y ello simplemente porque de la más elemental comparación con nuestros vecinos, salta a la vista que dichos elementos no son suficientes para producir tan nefasto resultado:

Pocos países más centralizados que Francia. Bochornoso resulta hablar en Galicia de hambre y posguerra si lo comparamos con lo que pasó en la mitad de Europa hace menos años que aquí, vamos, de coña. Cierto que hemos emigrado a tutiplén, pero no más que Irlandeses, Italianos, Alemanes, etc. Con ejemplos de estos podríamos estar todo el día. Como veis, las cosas van cambiando y nuestra autocomplacencia y furibundo victimismo resultan pueriles. La puntilla a nuestro caso la pone Portugal. Seguro que cualquiera de nosotros, preguntado por nuestros vecinos, estará presto a decir que son más pobres, ignorantes, famentos, etc., etc. Con asombrosa puntualidad compartieron con nosotros, dictadura, emigración, analfabetismo, centralismo capador, etc. Al igual que nosotros tienen buen clima y una amplia y atractiva costa. Vamos, como hermanos gemelos. ¿Y cual es la triste realidad? Que, como norma, llega con cruzar la frontera para comprobar cómo los centros de sus pueblos y ciudades, independientemente de su ornato y acabado, que sin duda es muy bueno en muchos casos y menos en otros, han sabido conservarse de manera ejemplar. Pasado Tui, entrar en Valenca, Caminha, Vilanova de Cerveira, Ponte de Lima, Viana do Castelo, Guimaraes, etc. etc., es como dar un salto en el tiempo. Fachadas perfectamente conservadas, buen gusto en establecimientos y un aire acogedor que te quedas maravillado. La norma en nuestros vecinos ha sido conservar lo que tenían y cuando su economía se lo permite mejorarlo y adecentarlo. La norma aquí ha sido la contraria, cuanto más ricos nos hacíamos, con más celeridad se arrasaba con calles y pueblos enteros para levantar espantosos “adeficios” cutres y antiestéticos. Ladrillo, bloque, formijon, placas levantadas y abandonadas sin acabar, casas sin recebar. La apoteosis del mal gusto. Quien haya dado un paseo por cualquier país con un desarrollo similar al nuestro habrá podido comprobar que lo nuestro es insuperable. Así las cosas, para no tener que poner como referente Francia, Suiza, Alemania, el Benelux, Escandinavia, con los que la comparación resulta insultante para ellos, hagámoslo con Portugal: ¿cual es la única diferencia entre Galicia y Portugal? Las fuerzas vivas existen a ambos lados de la frontera y el conjunto de variables que incidieron sobre los dos países son como dos gotas de agua, idénticas. La única diferencia a los efectos que nos interesan es que en Portugal viven Portugueses y aquí, nosotros. Sin más. Así las cosas el tema está más que claro… Por cierto, últimamente empiezo a tener la sensación de que dentro de poco querremos auto convencernos de que los eucaliptos también los plantaron marcianos o extraterrestes mientras nosotros, maniatados y víctimas como siempre, nada podíamos hacer. Somos la leche.

viernes, 5 de octubre de 2007

MonogrÁficos III (Frank Zappa)

Por dónde empezar una entrega monogrÁfica dedicada a este absoluto fenómeno, genio, free thinker, off the road, y todo lo que se quiera, que, aún así, es poco. Pues por lo que mí más me gusta y engancha de él. Vamos a obviar y dar por indiscutible ese canto celestial que lo considera un ser distinto: I).- Pocos guitarristas están a su altura. En los setenta, dentro del rock y parentela cercana (llámese pedantemente como se quiera, jazz-rock, fussion, progresivo, blues rock, etc., blablabla) gobierna con distancia y elegante magnificencia el escalafón guitarrero. Intocable. Sus solos, de otra galaxia. II).- Eso es nada comparado con su capacidad y clase como líder, dotado de un sexto sentido para elegir y obtener el máximo de sus band mates, haciendo que sus grupos sonaran como auténticas apisonadoras, con ritmos y tiempos al alcance de pocos. III).- Por si fuera poco todo lo anterior, tenemos al FZ pensante, perspicaz, original, incorrecto (y no pongo el sobado “políticamente”, porque en la actualidad tal calificación resulta tan generalista, manida y al alcance de tantos y tantos vulgares personajes y opinadores varios que, de alguna manera, hemos de establecer categorías diferenciadoras entre todos estos y Él. Pocas cosas tan correctas en la actualidad como ser incorrecto, y ya no digamos si encima se es políticamente incorrecto. Cada vez que oigo de alguien tal personal aseveración, me dan ganas de regurgitarle por encima toda la apestífera prosopopeya con la que indecentemente se tilda. Buaj, qué asco). Pero sigamos con él. Como veis, estamos llegando a unas alturas dónde pocos habitan. Musicalmente, escasos elegidos aguantan la comparación con nuestro FZ. Lo mismo se puede decir de su valoración como abanderado generacional, innovador y desafiante en cualquiera de sus planteamientos, sean éstos artísticos, estéticos, sociopolíticos o lo que sea. Frescura y libertad, originalidad, desparpajo y gracia, en pocas personas se dan con mayor plenitud. Qué tío. Azote de la impostura y poses tan abundantes en el showbizz, cualquiera de sus opiniones merece ser escuchada… así podríamos seguir y seguir hasta pasado mañana.

Pero como os comentaba al empezar con la entrega monogrÁfica, aún hay más: en cualquiera de sus directos nos encontramos con auténticas joyas, perlas exquisitas de nuestro tiempo. Y no musicales, que también. Su capacidad, casi hipnótica, para captar la atención de la audiencia, con solo su voz, es algo fuera del alcance de cualquier explicación racional, pero real como la vida misma. Quien aún no haya experimentado el trallazo de adrenalina enajenante que es oír su voz, que se prepare, pues merece la pena. Unido a esto, a esa voz que parece un oráculo dirigiéndose a sus asombrados y temerosos acólitos, está su ilimitada capacidad de fabulación. Ya sea en las letras de varias de sus canciones, como, sobre todo, en varios de sus espiches sobre el escenario, en los que no deja títere con cabeza. Llega con oír alguna de estas intervenciones, con esa voz estratosférica y cavernícola, con toda la gracia que tenía el tío, con tanto ingenio, para olvidarse de que enfrente está un fenómeno absoluto de la guitarra, con una banda que suena como ninguna otra, y caer rendido ante el auténtico chamán eléctrico del S. XX que fue Frank Zappa, y maravillarse con sus disertaciones de iluminado, frente a las que resulta imposible contener las emociones.

Sorprendentemente, FZ, tocado por los dioses en tantas facetas, se deja entender por aquellos que tenemos un nivel medio bajo de inglés, con lo que no hace falta saber mucho para disfrutar intensamente de su verborrea sin igual. Para los que tengáis ganas de pasar un buen rato con algunas de las obsesiones y variados “targets” de este francotirador de la palabra, os voy a recomendar algunos must-have:

- The poodle lecture: los tres grandes errores de Dios después de crear la luz. “In the begining God made the Light. Shortly thereafter, he made three big mistakes…” De risa. Aparece uno de sus mayores fetiches, el perro caniche, que, como cualquiera que los haya observado detenidamente sabe, son un cuadrúpedo y viviente ejemplo del marrar divino.

- Is that guy kidding or what?: cuchillos afilados y un repasito a la música disco, la Warner Brothers, y la pedantería pseudocreativa de tantos y tantos “rock artists” que van de genios siendo borralla. Su compañía de discos rescindió definitivamente sus contratos. FZ montó la suya, normal

- Make a sex noise: El sex-appeal de las irlandesas a examen. This is very scientific, anuncia él antes de empezar con las pruebas

Estas tres maravillas harán las delicias de quienes se animen a comprarse el CD en el que salen: You can`t do that on stage anymore Vol. VI, o poner el Emule a funcionar. Si además queréis verlo, las dos primeras salen en la versión íntegra de la película “Baby snakes”. Pasaréis un buen rato, os lo asegura...



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