domingo, 11 de febrero de 2007

11 de Febrero

Qué desastre. A ver que hago. Vaya encontronazo con la terca realidad. No hay quien acepte tal grado de degradación. Es la ignominia y el vituperio. El descrédito total. Colgar el páramo II tiene un mérito de cojones. Lo hice sin pensarlo, en un ataque de ridícula honradez. Luego sí que me eche “patrás”, pero joder, con él ya colgado, quitarlo es más penoso, aún si cabe. ¿? ¿Y si alguien lo leyó?... Me resulta más fácil aceptar mi falta de pericia escribiendo, que tengo más que asumida, hasta ahí podíamos llegar, que andar con pongo o no pongo, y ¡¡hay que vergüenza!! mejor lo quito. Eso ni de coña, a lo hecho pecho. Pero que penoso.

Mientras me recupero del terrible desengaño anterior, prefiero reconfortarme mirando al frente, a la taiga vecina. Habitualmente escribo mi diarioprueba acompañado por ese bello paisaje. La mesa en la que tengo el ordenador, frente a la pared, justo a media altura esta orlada por un ventanal desde el que se dominan los campos que rodean la casa. Como ésta se sitúa en el punto más alto del entorno, las vistas desde aquí son magníficas. Raro es el día en que coincidiendo con el atardecer no me quedo absorto, con la vista perdida en mis pensamientos. Meditabundo. Las nubes se aburren cuando me pasa eso. Lo sé porque se les nota a simple vista. A veces tengo la impresión de que hasta se soliviantan. Yo, si lo hacen, no me quejo. Están en su derecho. Me costó tiempo aceptarlo, pero ahora no tengo ningún problema. Si no, sería insoportable vivir aquí. Hay que tenerlo en cuenta. A la larga es mejor así, de lo contrario podría pasarnos lo que al pobre de Lino. Si antes de que decidiera sumergirse en el lago, hubiese tenido en cuenta lo que ahora sabemos casi todos, estoy seguro de que nunca habría pasado lo que pasó. Pero hace tres años nadie lo sabía. Tampoco creo que nadie se lo pudiera imaginar. Ahora, tiempo después, a muchos hasta les parece predecible lo que ocurrió, pero de eso nada. Otra cosa es que nos hayamos acostumbrado a ver en nuestra mente el retraído perfil de Lino en el aciago instante en que decidió desaparecer bajo el lago. Y que a base de verlo, siempre en la privacidad de nuestros pensamientos más íntimos, nos parezca una predecible obviedad la perra sorpresa que el destino le reservaba. Pero que ahora, alguien pretenda colgarse medallitas con ese asunto me parece el colmo. Cuando Siro nos alertó, nadie le hizo caso. Una semana tardamos en tomar en serio su advertencia. Que Lino faltara y que su rastro se perdiese en la orilla nos parecía una coña más del pobre de Siro. Luego nos quedamos helados. Sin saber qué decir, ni qué pensar. Nadie lo vio, pero creo que todos conocemos de memoria su último día. Como si lo hubiésemos acompañado en su viaje. Hace mucho, cuando lo conocí, me llamó la atención, No me pareció una persona como otra cualquiera. Seco, tosco y poco expresivo, también resultaba acogedor y amistoso en la intimidad de la conversación. Me sorprendió que, sin apenas conocerme, me hablara de las nubes. Estábamos a orillas del Baikal. Yo iba, y sigo yendo, a menudo. Siempre sólo. Me pierdo entre los ribazos que caracolean por las riberas. Es un sitio descuidado y poco vistoso. Me gusta ir a no hacer nada. Cuando llueve con fuerza, el cielo y el gris del agua parecen un castigo divino. Hablamos de muchas cosas ese día. Él parecía nervioso, aunque en ningún momento resultó incomoda su compañía. De repente se puso serio, la hostia, que pinta tenía cuando se ponía así. Me quedé de piedra. Quería que no perdiese de vista una nube. Sólo una en concreto. Sin parpadear, me exigía con cara de pocos amigos. Como un idiota le obedecí. Era la más oscura que veíamos. Inmóvil, inmensa y pesada, era la viva sombra de mi casa. Enseguida pude ver que había dejado las ventanas abiertas y que llovía dentro. Quería volver a cerrarlas, antes de que la lluvia y el viento lo desordenaran todo. Estábamos cerca. Sin embargo no fui. Nos liamos. Mientras hablábamos y a la vez yo vigilaba mi cirro, llegamos a lo que queda del Cielo, tras treinta años de abandono y soledad. En la fachada hay un zaguán porticado. Entramos por él. Involuntariamente, ambos nos inclinamos al hacerlo. Me llamó la atención el enorme parecido de Lino con un amigo de mi infancia. Recuerdo que estaba obsesionado con el viento. Todos los días hablaba de él. Sabía muchísimos nombres y te los soltaba de carrerilla. Sin venir a cuento. Ahora apenas recuerdo el céfiro y alguno que otro más. El mistral, por ejemplo. Cuando teníamos quince años murió ahogado. Había salido a pescar en una gamela y lo sorprendió la niebla. Se debió desorientar y fue a batir contra las rocas. Nunca se encontró el cuerpo. La lancha apareció días después, a varias millas de la playa. Tengo su cara grabada, era seca, tosca y poco expresiva. Cuando estábamos en el patio, Lino me dijo que debía protegerme de las nubes. ¡Joder! Su voz se me hacía familiar. Debes tener mucho cuidado, me advirtió. Una vez al año buscan a alguien. Lo siguen, entran en su vida, le hablan. Abren las ventanas de su hogar. Lo empapan todo. La gente se aparta del elegido. Como si estuviese loco. Normalmente le obligan a aprender cosas. Se quedan extáticas encima de su casa. Son su sombra. Las contras, abiertas de par en par, nunca golpean la pared. El inicial desorden, el suelo mojado, los papeles desperdigados y la humedad del techo, se transforman en una especie de premonición. La casa es plana, como si alguien la plegara con esmero. Todo es gris en su interior y nadie se quiere acercar a ver si su inquilino está bien. Si continúan así tres días, la sombra se hará más grande y oscura, y el preferido adelgazará de golpe. Le crecerá la barba y se cortará el pelo. Dejará de lavarse. Se empeñará en pasear solo. Le molestará la gente. Su cabeza no parará de aprender, memorizar y repetir machaconamente listas de nubes. Es algo inenarrable. Esas listas son innumerables y todas distintas. Se aprenden durmiendo, con las ventanas abiertas. Es una cosa de locos. Quien no puede con ellas acaba abandonando su sano juicio. La única manera de evitarlo es memorizar sin parar. Día y noche. No hay tiempo para otra cosa. Si se para, un miedo incontrolable lo invadirá todo. Un día me hablaron de algo parecido. Es como estar ante una escalera con un pasamanos gigantesco. Por mucho que se intente, es imposible asirse. Caeremos como sacos. La sensación es insoportable, desesperante. Si dejamos escapar las nubes, no nos reconoceremos. Pensaremos que estamos enfermos y de pensarlo lo estaremos. Loco de atar, dirán nuestros vecinos. La salvación está en ellas, estoy seguro. En mirarlas sin parar. En memorizarlas. En dormir con las ventanas abiertas, aunque entre agua en casa. Las paredes y el techo se llenarán de humedad. Da igual. Nadie nos querrá ver, se olvidarán de nosotros. Mejor. Lo único que desearemos es pasear solos y memorizar sin parar. Y nunca cerrar las ventanas. Eso nunca.

Caray con las nubes… el páramo está lleno de ellas. Aquí en el Baikal son infinitas. Y no se mueven de encima de las pocas casas que hay. ¿Se volverá un loco aquí? Ni idea. Espero que no. Así con todo, creo que la tendencia a aislarse debe ser tenida en cuenta antes de aventurar un diagnóstico. Con esto de las nubes he recuperado el ánimo. Volveré al páramo - análisis que tanto me cuesta.
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